Cada lugar tiene su propia historia: historias luminosas, otras
difíciles y algunas profundamente trágicas. La población San Joaquín no ha
estado ajena a esos episodios que marcan para siempre la memoria colectiva. En
sus 52 años de existencia, nuestro territorio ha sido escenario de luchas, de
organización comunitaria y también de hechos dolorosos que dejaron huellas
imborrables en sus familias y vecinos.
Entre esos
acontecimientos que estremecieron a la comunidad, se encuentra el caso de Pía
Lorena Urra Carriaga, estudiante del Liceo
Francés, cuya vida fue arrebatada de manera brutal. Su secuestro y
posterior asesinato, perpetrado por un vecino, conmocionaron no solo a su
familia y amistades, sino también a toda la población, que hasta entonces se
percibía como un espacio de cercanía y confianza.
¿Qué pasó ese día?
La adolescente, como todas las mañanas, se
dirigió a su establecimiento educacional ubicado en Vergara Nº 341. Además,
llevaba el dinero para pagar la mensualidad.
Alrededor del mediodía, un hombre llamó por
teléfono al liceo, identificándose como vecino, y entregó el siguiente mensaje
a la directora: los padres de Pía habrían sufrido un asalto en el bazar.
Posteriormente, la profesora fue a buscar a la
estudiante a su sala y le dio permiso para retirarse. Esa fue la última vez que
se observó a Pía caminando por calle Vergara hacia la Alameda, donde se pierde
su rastro.
Durante la tarde, los padres comenzaron a
inquietarse al ver que su hija no llegaba a la hora de costumbre.
Aproximadamente a las 17:15 horas recibieron una llamada anónima en la que les
informaban que su hija estaba secuestrada y que se requerían $150.000 pesos
para su rescate, dando un plazo de media hora para la entrega del dinero.
Ante esta situación, comenzó a correr la voz
en la población sobre el secuestro de Pía. Los vecinos la buscaron
infructuosamente por cuadras y sitios eriazos; se colocaron retratos en
distintos lugares y se acudió a algunos matutinos donde se publicó su fotografía,
pero la búsqueda no daba resultados.
Ese mismo día, los padres recibieron otra
llamada en la cual les indicaban dónde debían dejar el dinero. La voz anónima
señaló que debían dirigirse al paradero de las micros Matadero Palma (cerca de
su domicilio). Además, advirtió que no avisaran a nadie, de lo contrario
mataría a la estudiante.
Durante la tarde, el asesino se acercó a la
casa de los padres, argumentando que desde un automóvil habían dejado un
mensaje escrito.
Este mensaje fue clave para que la Brigada de
Delitos Sexuales de Investigaciones comenzara a sospechar de un vecino.
Fueron pasando los días y la estudiante no
aparecía, pero el supuesto secuestrador seguía insistiendo con el dinero. Llamó
nuevamente a la familia señalando que les daba la última oportunidad para
entregar la suma exigida, esta vez debajo de unos tambores ubicados en la calle
San Joaquín y sin presencia de carabineros, como había ocurrido anteriormente.
La brigada comenzó a sospechar de un vecino
cercano, quien apoyaba activamente a la familia en la búsqueda. Tras largas
horas de interrogatorio, S.P. confesó:
“No la busquen más, porque Pía no está… No va
a estar más… Está muerta… ¡Yo la maté y la enterré en mi casa!”
El asesino planificó todo con frialdad.
Realizó la llamada telefónica y posteriormente fue a buscar a la estudiante al
paradero, engañándola con el argumento de que la acompañaría por encargo de su
familia. Luego le pidió que lo acompañara a su nueva casa, en Estación Central,
para buscar un álbum fotográfico.
La joven accedió, pues era un conocido cercano
de la familia y le tenía confianza.
Llegaron a la vivienda ubicada en Teniente
Bello Nº 1578, población Los Nogales. Con el paso de los minutos, la
adolescente comenzó a inquietarse; pronto esa inquietud se transformó en temor,
lo que alteró a S.P., quien reaccionó violentamente y la estranguló cuando el
reloj marcaba las 14:30 horas del mismo día del secuestro.
Posteriormente, introdujo el cuerpo en un saco
papero, amarró la parte superior y lo dejó detrás de la puerta de entrada de su
casa, donde permaneció hasta el día siguiente.
Durante la tarde-noche llegó su esposa,
parvularia y embarazada de siete meses y medio, quien no prestó mayor atención
al saco. A la mañana siguiente, después de dejarla en el paradero como de
costumbre, regresó a la vivienda y excavó un hoyo poco profundo, donde enterró
a la muchacha.
S.P. se había casado recientemente y su esposa
estaba embarazada. Además, se encontraba cesante y hacía poco se habían
cambiado de casa, por lo que necesitaba dinero. Sabía que la familia Urra
Carriaga era comerciante y que Pía era hija única, por lo que pensó que su plan
daría resultado.
Los pobladores se preguntaban:
“¿Cómo pudo fingir tantos días? ¿Cómo fue tan
cínico que, luego de matar a la niña, se acercara a los padres diciendo que era
su amigo? Debían matarlo de inmediato, antes de que la gente comenzara a tener
compasión de él o dijeran que estaba loco”.
Eran distintas opiniones que se escuchaban.
Incluso su propia madre, antes de saber que su hijo era el asesino, también
exigía la pena de muerte.
Los funerales de Pía Urra Carriaga se
realizaron en la Parroquia San Mateo. Hasta allí llegaron cientos de personas:
pobladores, familiares, profesores y compañeros del Liceo Francés, donde Pía
cursaba cuarto medio.
En la iglesia se concentró una multitud de
estudiantes y adultos que quisieron solidarizar con la familia, entregando
testimonios y muestras de afecto. La emoción estuvo siempre presente; numerosas
personas derramaron lágrimas frente al ataúd de acero que contenía los restos
de la joven de apenas 17 años.
Posteriormente, el cortejo fúnebre se dirigió
al Parque del Recuerdo.
El sujeto, de 23 años, fue detenido e
incomunicado por la Brigada de Delitos Sexuales, que logró vincularlo al caso,
entre otros antecedentes, por la falta de ortografía en el mensaje donde
escribió “San juaquín”. Fue trasladado a la Cárcel Pública de Santiago y
condenado a cadena perpetua.
En cuanto a la familia Urra Carriaga, nunca
superó la muerte de su hija. Tras este hecho horroroso decidieron vender la
casa y, desde entonces, su paradero es desconocido.
Manifestamos que omitimos fotografías, nombre
completo y dirección de S.P. para no reabrir heridas profundas en una familia
que continúa siendo parte de nuestra comunidad.
Durante esa década ocurrió otro hecho cercano
al domicilio de Pía que causó rechazo en la población: el asesinato de la
pascuense Mariana Beriberi.
De este caso se sabe poco. Los vecinos relatan
que la mujer habría sido asesinada por su sobrino y que el móvil fue robo.
¿Por qué se conoce poco de
ella?
Según testimonios de los pobladores, Mariana
trabajaba por turnos en el Hospital Militar como paramédico, por lo que se le
veía escasamente en la población. Además, llevaba poco tiempo residiendo en la
villa San Joaquín, por lo que no se conocieron mayores detalles de su vida,
salvo que era de origen Rapa Nui y se desempeñaba en el área de la salud.
Toda
la información y fotografías queda a libre disposición, siempre que se mencione
su fuente.”































