La fiesta de la primavera fue un evento netamente estudiantil
universitario, cuyo origen se remonta a 1915 en la Universidad de Chile, con la
finalidad de despedir el invierno y dar la bienvenida a la nueva estación. Con
el paso de los años, esta celebración se transformó en una expresión cultural
más amplia, integrando a distintos sectores de la sociedad y convirtiéndose en
un espacio de encuentro comunitario, alegría colectiva y participación juvenil.
Los
estudiantes convocaban a la ciudadanía a realizar diversas actividades para
celebrar la llegada de la primavera a través de fiestas juveniles, donde las
competencias formaban parte esencial de la festividad. Estas consistían en la
ornamentación de carros alegóricos, candidaturas a reinas, competencias
deportivas y múltiples actividades sociales y recreativas que fortalecían los
lazos entre estudiantes y vecinos.
En la década
de 1960, la población San Joaquín no estuvo ajena a este acontecimiento. Fue la
Junta Central de Vecinos la encargada de convocar este evento social, en el
cual participaban activamente la agrupación de Centros de Madres, la liga
deportiva, la Escuela Mixta Nº 30 y diversos comités conformados por
pobladores. La organización comunitaria permitía que cada agrupación asumiera
responsabilidades específicas, demostrando un fuerte sentido de colaboración y
pertenencia territorial.
El 29 de
septiembre de 1967 se citó a una reunión en la Escuela Nº 30 a todos estos
organismos con el fin de elaborar el programa de la fiesta de la primavera de
ese año. La agrupación de Centros de Madres tenía a su cargo la inscripción de
las candidatas a reina, además de postular a sus propias representantes.
Paralelamente, los centros desarrollaban actividades de carácter solidario y
comercial, como ventas de comidas típicas, fiestas bailables, recolección de
diarios y botellas, así como la venta de votos para apoyar a sus candidatas.
Esta
actividad no estuvo exenta de polémicas, ya que en una reunión pública los
Centros de Madres denunciaron que en la escuela se estaba obligando a los niños
a vender talonarios de votos, situación que según afirmaban aseguraba
anticipadamente el resultado del reinado. Este episodio refleja las tensiones
propias de la organización social de la época, pero también evidencia el alto
nivel de participación que generaba la festividad.
Cabe resaltar
que la fiesta de la primavera era ampliamente difundida en la población
mediante la confección de volantes que anunciaban la velada de coronación,
realizada el 18 de octubre de 1967 en la Escuela Nº 30, hoy Liceo Bacaukausse.
El premio entregado a la reina consistía en corona, banda y un reloj suizo
donado por el alcalde de la comuna; sin embargo, como anécdota recordada por
los vecinos, dicho reloj nunca llegó a manos de la ganadora.
Junto a la
fiesta de la primavera, otros eventos de carácter social también se
desarrollaban en la población San Joaquín, destacando especialmente las
celebraciones de Fiestas Patrias. Esta fecha constituía uno de los momentos más
significativos del calendario comunitario, ya que la junta de vecinos convocaba
a toda la población a participar activamente en la conmemoración nacional.
Como primera
actividad se instaba a pintar el frontis de las casas y posteriormente se
exigía colocar la bandera nacional; de lo contrario, podía realizarse una
denuncia ante Carabineros. La junta de vecinos otorgaba además los permisos
para la instalación de ramadas o fondas, mientras que los vecinos que habitaban
en departamentos organizaban celebraciones en los espacios comunes o en los
frontis de los edificios.
Durante estas
jornadas se realizaban distintos juegos tradicionales, como competencias de
trompos, campeonatos de volantines, carreras en sacos y disputas de rayuela,
entre otros. A los niños se les obsequiaba una bolsita de dulces en envases de
papel kraft, acompañada de una pequeña bandera chilena también de papel, gesto
sencillo pero profundamente significativo en la memoria colectiva.
En aquellos
años, la festividad implicaba una preparación especial en lo gastronómico:
empanadas, asados, bebidas tradicionales como el cola de mono y la clásica
chicha de Curacaví eran infaltables en los hogares. La vestimenta también
adquiría gran relevancia, pues zapatos, vestidos y trajes nuevos formaban parte
de la celebración, especialmente para los niños, quienes el día 18 en la mañana
solían salir a la calle con sus prendas recién estrenadas y la estricta
recomendación de no ensuciarlas.
Durante la
noche era el turno de los adultos. Los hombres lucían ternos negros con
delgadas corbatas del mismo color, mientras que las mujeres vestían elegantes
atuendos acordes a la época. Muchas familias acudían a bailar cueca a las
fondas del Parque Cousiño —instaladas desde 1936 y hoy Parque O’Higgins o a
las fondas de la Quinta Normal, que se mantuvieron como espacios masivos de
celebración hasta la década de 1980.
En la comuna,
entonces denominada San Miguel, también se instalaban fondas en el sector donde
hoy se ubica el estadio municipal de avenida La Marina, constituyéndose en un
importante punto de encuentro vecinal. Otro acontecimiento tradicional de estas
fechas era asistir en familia a observar la Parada Militar en el Parque
O’Higgins, para lo cual grupos de vecinos se organizaban y caminaban juntos
desde la población San Joaquín hasta el recinto, reforzando así los vínculos
comunitarios y la vivencia colectiva de la identidad nacional.
De este modo, tanto la fiesta de la primavera como las
celebraciones de Fiestas Patrias formaron parte esencial de la vida social y
cultural de la población San Joaquín, configurando espacios de encuentro,
participación y memoria que aún perduran en el recuerdo de sus habitantes.
Estas celebraciones no solo representaban momentos de alegría, sino también
expresiones de organización comunitaria, solidaridad y construcción de
identidad barrial, elementos fundamentales en la historia de la población.
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