Pronto: Lanzamiento de propuesta cultural y las artes en la Población San Joaquin .
sábado, 15 de octubre de 2022
| | |La Cultura en la Población San Joaquín 1980
domingo, 20 de noviembre de 2016
| | |En esta época, y tras el viciado plebiscito de 1980, en Chile
comenzaron a evidenciarse cambios sustanciales en los ámbitos político, social
y cultural. Estos procesos dieron origen a una nueva generación de jóvenes
decididos a enfrentar la dictadura desde distintos frentes, ya fuera en el
activismo territorial, en las universidades, en las poblaciones o a través del
arte.
El denominado
“apagón cultural”, que marcó los primeros años del régimen y que se caracterizó
por la censura, la persecución y la represión contra artistas, intelectuales y
movimientos culturales, comenzó paulatinamente a resquebrajarse. La prohibición
de canciones, la quema de libros, el exilio de creadores y el control estricto
de los espacios públicos no lograron silenciar del todo la expresión popular.
Por el contrario, la cultura se transformó en un espacio de resistencia.
En esos años
se realizaron las primeras peñas en Santiago, muchas de ellas organizadas en
parroquias, sedes sociales y universidades, donde la música y la poesía se
convirtieron en herramientas de denuncia y memoria. Apareció con fuerza el
teatro callejero, que ocupó plazas y paseos peatonales para interpelar a la
ciudadanía. En el Paseo Ahumada retomaron el canto los cantores populares,
interpretando canciones prohibidas durante la dictadura y recuperando la
tradición de la trova y la canción comprometida.
Asimismo,
surgieron nuevos grupos musicales cuyas letras y melodías tenían un claro
contenido político y social. Estas agrupaciones no solo cuestionaban el modelo
impuesto por el régimen, sino que también daban voz a las problemáticas
cotidianas: la cesantía, la represión, la pobreza y la falta de libertades. La
música, el teatro, la literatura y las artes visuales se transformaron en
espacios de encuentro y organización, fortaleciendo la conciencia crítica y la
solidaridad.
De esta manera, la cultura dejó de ser únicamente una expresión
artística para convertirse en un acto político. En medio de la censura y el
miedo, floreció una resistencia creativa que aportó significativamente al
proceso de reorganización social y a la recuperación de la memoria histórica,
sentando las bases para las movilizaciones que marcarían la década de 1980.
Cabe resaltar que una de las primeras peñas abiertas al público se llamó “Peña Onda Latina”, local ubicado en Huérfanos N.º 2848, en pleno centro de Santiago. Este espacio cultural se transformó rápidamente en un punto de encuentro para jóvenes, artistas y dirigentes sociales que buscaban mantener viva la música popular y la reflexión política en tiempos de fuerte represión.
El 12 de junio de 1980, a las 21:30 horas, el recinto fue allanado por un contingente policial, resultando 98 comensales detenidos. El operativo se produjo debido a que parte del público estaba compuesto por dirigentes estudiantiles de la Universidad Técnica del Estado (UTE), actualmente Universidad de Santiago de Chile (USACH). Los jóvenes se habían reunido en ese lugar para manifestar su solidaridad con estudiantes de la misma universidad a quienes se les había cancelado la matrícula por razones políticas.
Todos los detenidos fueron trasladados a la Primera Comisaría; sin embargo, las mujeres fueron derivadas a la Novena Comisaría, ubicada en Avenida La Paz. Durante varias horas permanecieron incomunicados, generando preocupación entre sus familiares y cercanos, quienes denunciaron el procedimiento como una acción arbitraria destinada a amedrentar la organización estudiantil.
Cabe destacar que la orden del operativo fue emanada por Sergio Fernández, quien en ese entonces se desempeñaba como ministro del Interior de la dictadura militar. Posteriormente, 22 estudiantes fueron relegados a la isla de Chiloé como medida de castigo, una práctica frecuente en la época para desarticular movimientos opositores y sembrar temor entre la población.
Este episodio se inscribe en un contexto de creciente represión política, especialmente durante el proceso previo al plebiscito constitucional de 1980, cuando las manifestaciones culturales y los espacios de encuentro social eran vigilados y, en muchos casos, intervenidos por las autoridades.
Posteriormente nació el emblemático y hoy desaparecido Café del Cerro, ubicado en calle Ernesto Pinto Lagarrigue Nº 192, en el sector del barrio Bellavista. Este espacio cultural dio cabida a numerosos trovadores y artistas de oposición de aquellos años, como Óscar Andrade, Isabel Aldunate, Eduardo Peralta, Schwenke & Nilo, Mauricio Redolés y la banda Congreso, entre otros exponentes de la Nueva Canción y del canto popular comprometido.
El café era un lugar pequeño y acogedor. En sus mesas, la tenue luz de las velas encandilaba el ambiente, otorgándole un carácter íntimo y cómplice, propicio para citas, tertulias y reuniones de personas con pensamiento de izquierda y aires libertarios, en abierta resistencia cultural frente a la dictadura. Más que un simple local nocturno, el Café del Cerro se convirtió en un refugio para la expresión artística y política, donde la música, la poesía y la conversación crítica circulaban con libertad.
Allí llegaban estudiantes universitarios —especialmente de la Universidad de Chile— debido a la cercanía con la entonces Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. El espacio funcionó como punto de encuentro intergeneracional, articulando redes de solidaridad y reflexión en un contexto de censura, persecución y control social. En sus escenarios se forjaron vínculos, se difundieron canciones prohibidas y se fortaleció una identidad cultural de resistencia que marcó a toda una generación.
De esta manera, el Café del Cerro no solo fue un recinto artístico, sino también un símbolo de la vida cultural alternativa durante los años más complejos del país, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva.
En el sector de la Avenida Matta, en Arturo Prat Nº 935, ya se encontraba instalada la Casa Kamarundi, un espacio cultural alternativo dirigido por el actor y poeta Manuel Escobar, más conocido como el payaso Tilusa, “el hombre de las palomas”.
Tilusa, reconocido como “el payaso triste”, se presentaba principalmente los días jueves junto a su inseparable muñeca Alejandrina. Esas jornadas pasaron a conocerse como los “Jueveseando”, instancias en las que desplegaba una poesía de profundo contenido social. A través del humor, la ternura y la crítica, interactuaba con el público y reflexionaba sobre la realidad chilena de aquellos años, marcados por la censura, la represión y la precariedad cultural.
La Casa Kamarundi no fue solo un escenario artístico, sino también un punto de encuentro para creadores, pobladores y jóvenes que buscaban espacios de expresión en tiempos difíciles. Allí confluyeron el teatro, la música popular y la poesía comprometida, convirtiéndose en un pequeño refugio cultural en medio de la adversidad.
Tras el fin de la dictadura, la Casa Kamarundi logró subsistir algunos años más; sin embargo, en 1992 cerró definitivamente sus puertas. Ese mismo año, Manuel Escobar, Tilusa, falleció a causa de una septicemia aguda. Su partida dejó un vacío en el mundo cultural alternativo, pero su legado permanece en la memoria de quienes encontraron en su arte una forma de resistencia y esperanza.
En relación con el teatro, Andrés
Pérez (actor, coreógrafo y dramaturgo chileno) fue uno de los
principales artífices del teatro callejero en Chile. En 1980 fundó el TEUCO (Teatro Urbano Contemporáneo), llevando por
primera vez el teatro a las calles de comunas populares en plena dictadura.
Esta iniciativa constituyó una forma directa y valiente de acercar el arte al
pueblo, en un contexto sociopolítico donde se estaban violando sistemáticamente
los derechos humanos en el país.
Ese mismo
año, la compañía comenzó a presentarse en espacios abiertos con una obra de
corta duración (aproximadamente 20 minutos), ya que debían retirarse
rápidamente del lugar para evitar la represión policial. La obra, titulada “El viaje de José y María a Belén y lo que aconteció en el camino”,
fue representada en poblaciones, plazas y ferias libres, generando gran impacto
entre los vecinos. En más de una ocasión, su director y los actores (todos
egresados de la Universidad de Chile)
fueron detenidos por fuerzas de seguridad, evidenciando el clima de persecución
que afectaba a las expresiones culturales disidentes.
El teatro
callejero, en este período, no solo fue una manifestación artística, sino
también un acto de resistencia cultural. En medio del denominado “apagón
cultural”, las intervenciones del TEUCO lograron romper el cerco informativo y
simbólico impuesto por la dictadura, transformando la calle en un espacio de
denuncia, memoria y encuentro comunitario.
Posteriormente,
la trayectoria de Andrés Pérez alcanzaría uno de sus hitos más significativos
con la creación de La Negra Ester, obra
que marcaría profundamente la historia del teatro chileno por su lenguaje
popular y su conexión con la identidad cultural del país.
En 1987,
setenta y ocho connotados actores y dramaturgos chilenos fueron amenazados de
muerte por un grupo autodenominado “Comando 135 de la Acción Pacificadora
Trizano”, vinculado a la ultraderecha chilena. Estas amenazas generaron amplio
repudio nacional e internacional. En ese contexto, el 30 de noviembre de ese
mismo año llegó a Chile el actor estadounidense Christopher
Reeve, reconocido mundialmente por su papel en Superman, quien manifestó públicamente su
solidaridad con los artistas amenazados y su preocupación por la situación de
los derechos humanos en el país.
Estos hechos reflejan cómo el arte y la cultura se transformaron
en herramientas de resistencia y denuncia durante uno de los períodos más
oscuros de la historia reciente de Chile, demostrando que el teatro, incluso en
las condiciones más adversas, puede convertirse en un acto profundamente
político y liberador.

La música fue otro componente fundamental que ayudó a concientizar
al pueblo chileno durante este período. En medio de la represión, la censura y
el llamado “apagón cultural”, comenzaron a surgir distintos grupos musicales
con una clara postura de oposición a la dictadura, congregando a miles de
jóvenes en sus presentaciones y transformando cada recital en un espacio de
encuentro, resistencia y expresión colectiva.
En la década
de los 80 emergieron diversos movimientos musicales como el punk, el heavy
metal y el resurgimiento del rock. En este último destacaron bandas como Los Prisioneros, Fulano
y Tumulto, que, desde distintas propuestas
sonoras, retrataron el malestar social, la cesantía, la desigualdad y la falta
de libertades. Sus letras se transformaron en verdaderas crónicas de una
generación que creció bajo el autoritarismo.
En ese mismo
contexto apareció Fiskales Ad-Hok, banda
punk que desafió de manera directa a la dictadura a través de letras crudas,
irónicas y contestatarias. Uno de sus primeros integrantes fue Polo Sarmiento,
poblador de San Joaquín, lo que evidencia cómo desde las poblaciones también se
gestaba un movimiento cultural profundamente político. El nombre “Fiskales
Ad-Hok” hacía referencia crítica al cargo de “fiscal ad hoc” que la dictadura
determinó y asignó en esos años al general Fernando
Torres Silva, figura ligada a la justicia militar del régimen,
transformando así el propio nombre de la banda en un gesto de denuncia.
Las tocatas
de la época no solo eran eventos musicales, sino también actos de resistencia.
Uno de los espacios más emblemáticos fue el El
Trolley, ubicado en San Martín Nº 841, en Santiago. Allí se realizaron
presentaciones que marcaron a toda una generación. En una de las tocatas más
importantes se conjugaron la energía punk de Fiskales Ad-Hok con la poesía y la
crítica social de Mauricio Redolés,
demostrando cómo distintas expresiones artísticas convergían en un mismo
espíritu de rebeldía.
De esta manera, la música se convirtió en un canal de denuncia,
memoria y organización. Más allá del entretenimiento, fue un vehículo de
identidad y conciencia política que acompañó el proceso de resistencia
cultural, fortaleciendo el tejido social y manteniendo viva la esperanza de
cambio en los años más oscuros del país.
En el año 1984 se realizó el primer festival punk de carácter
abiertamente subversivo en el Garage Matucana, organizado por la banda Pinochet Boys. Este evento marcó un hito dentro
de la escena contracultural de la época, ya que se desarrolló en pleno contexto
de dictadura, cuando cualquier manifestación juvenil contestataria era vigilada
y, muchas veces, reprimida. Tras aquella presentación, la sala de ensayo del
grupo fue allanada por fuerzas policiales, reflejando el clima de persecución
que enfrentaban las expresiones artísticas consideradas disidentes.
El punk, más
que un estilo musical, se transformó en un espacio de resistencia para muchos
jóvenes que veían cerrados los canales tradicionales de participación. A través
de letras directas, crudas y cargadas de crítica social, estas bandas
denunciaban la represión, la desigualdad y la falta de libertades. Sus
conciertos no solo eran espectáculos musicales, sino también puntos de
encuentro y articulación para una generación que buscaba expresar su
descontento frente al régimen.
Las
presentaciones de estas bandas se realizaban, por lo general, en espacios
alternativos y muchas veces autogestionados, como la Sala Lautaro, el Garage
Matucana, el Gimnasio Manuel Plaza, el Trolley y el Anfiteatro San Miguel, por
mencionar algunos de los principales lugares de reunión. Estos recintos se
convirtieron en verdaderos núcleos de la cultura underground santiaguina, donde
convergían distintas corrientes artísticas, desde el punk y el new wave hasta
el teatro experimental y la performance.
En medio de la censura y el llamado “apagón cultural”, estos
espacios representaron pequeñas trincheras culturales que permitieron mantener
viva la creación artística independiente y el espíritu crítico de la juventud
de aquellos años.
Pinochet Boys fue también
uno de los grupos punk antifascistas más provocadores de la época. Con su
irreverente nombre desafiaban abiertamente a la dictadura, convirtiendo cada
presentación en un acto de resistencia cultural. Sus actuaciones solían ser
interrumpidas por efectivos de Carabineros; eran acosados, vigilados y
amenazados de manera constante. Sin embargo, pese a la represión, lograron
mantenerse activos durante tres años en la escena clandestina, hasta que
finalmente fueron obligados por la dictadura a abandonar el país.
En más de una
oportunidad, los Pinochet Boys se presentaron en el Garage Internacional de Matucana 100, espacio que en aquellos
años funcionaba como un verdadero refugio para la contracultura. Hasta allí
llegaban cientos de jóvenes de distintos estilos y clases sociales: poetas,
actores, pobladores, estudiantes y hippies, todos unidos por una misma necesidad
de expresión y rebeldía frente al contexto político.
El ambiente
era una explosión estética. Entre zapatillas North Star blancas y bototos (símbolo de vanguardia para la década) circulaban jóvenes con cabellos engominados al
estilo mohicano, cuyo mechón frontal solía estar decolorado con tonos intensos
y llamativos. Las mujeres también marcaban presencia con una estética diversa:
algunas vestían linos y morrales artesanales; otras optaban por el negro
riguroso, inspirado en el naciente estilo gótico. La moda no era solo
apariencia, sino una declaración política y cultural.
Las
performances realizadas por mujeres artistas constituían otro hito dentro del
Garage. Resulta imposible olvidar aquella presentación en la que un grupo de
actrices, vestidas de monjas, dejó ver sus cuerpos semidesnudos sobre el
escenario como una forma de denunciar la represión ejercida por sectores del
clero y el control moral impuesto sobre las mujeres. El arte se transformaba
así en una herramienta directa de cuestionamiento social.
Las murallas
del recinto estaban pintadas de blanco, pero no por casualidad: sobre ellas se
pegaban cientos de afiches con clara tendencia izquierdista, convirtiendo el
lugar en un verdadero mural de consignas contra la dictadura. Por esta razón,
en la esquina de la Alameda con Matucana era habitual ver apostado un
contingente de Carabineros. En numerosas ocasiones irrumpieron en el Garage
realizando controles de identidad y deteniendo a jóvenes que manifestaban
abiertamente su rechazo al régimen.
Cabe resaltar
que el espacio de Matucana era administrado por Jordi Lloret, quien impulsó una
nueva apuesta intelectual y cultural. Bajo su gestión se llevó a cabo la
primera Bienal en 1987, mientras que la más masiva se realizó en 1989. En esos
encuentros convergieron nuevos estilos musicales y artísticos, entre ellos el
new wave y el electropop, aunque siempre atravesados por una mirada crítica y
antifascista. Aquellas instancias consolidaron el lugar como un núcleo de
resistencia cultural en los años finales de la dictadura.
En los años 80 reapareció en la escena nacional un grupo musical
que en 1975 se llamó Antuauca (“Sol
Rebelde”, en mapudungun) y que posteriormente, en 1978, pasó a denominarse Sol y Lluvia. Influenciado por la música
del canto contestatario y la tradición de la Nueva Canción Chilena, el conjunto
se consolidó con temas como “Para que
nunca más”, “Adiós General” y “Un largo tour”.
En sus
inicios, estas canciones circulaban principalmente en cintas de casete copiadas
de manera artesanal y difundidas de forma clandestina, en un contexto marcado
por la censura y la represión cultural. A pesar de las dificultades, su música
logró expandirse con fuerza, convirtiéndose en una voz de denuncia y esperanza
para amplios sectores de la población.
El grupo
comenzó a presentarse en universidades, parroquias, actos solidarios y
distintas poblaciones de Santiago, donde sus canciones se transformaron en
verdaderos himnos contra la dictadura. Sus letras, cargadas de contenido social
y político, conectaron especialmente con una juventud que buscaba espacios de
expresión frente al denominado “apagón cultural” de la época.
En ese mismo
escenario emergió también una banda de rock proveniente de la zona sur de
Santiago: Los Prisioneros. Con un
estilo directo y letras críticas, el grupo no dejó indiferente a la juventud
chilena. Canciones como “El baile de
los que sobran” y “La voz de
los 80” se convirtieron en retratos generacionales, cuestionando
las desigualdades sociales y el modelo impuesto en aquellos años.
De este modo, tanto Sol y Lluvia como Los Prisioneros aportaron,
desde distintos estilos musicales, a la construcción de una memoria cultural de
resistencia, donde la música no solo fue arte, sino también una herramienta de
conciencia y movilización social.
En la década de los años 80, especialmente durante los meses de
verano, se realizaba en el sector de Plaza Italia (actual Plaza Baquedano) la denominada “Semana de
Bellavista”, más conocida como el Festival de Bellavista. Esta actividad
cultural se transformó en un verdadero hito para el barrio y en un espacio de
encuentro y resistencia en tiempos complejos para el país.
Bellavista era, por entonces, punto de reunión de músicos,
escritores, artesanos y connotados actores y actrices. No era extraño ver a María Izquierdo caminando por la calle Pío Nono,
mezclada entre el público, compartiendo de manera sencilla con quienes
recorrían el sector. El ambiente tenía un aire bohemio y fraterno, donde el
arte se manifestaba sin grandes escenarios ni producciones, sino directamente
en la calle.
El festival
se desarrollaba prácticamente en las veredas. Al caminar por Pío Nono, Chucre
Manzur o Dardignac, se podían observar los bellos trabajos de artesanos que, a
través de la orfebrería, el tallado en madera y diversas disciplinas
artísticas, retrataban a figuras como Violeta
Parra o Víctor Jara. También
abundaban los puestos de libros, grabados y pinturas, que recreaban un ambiente
festivo cargado de contenido social y memoria histórica.
Un punto
central de encuentro era la plaza Camilo Mori, desde donde se contemplaba el
castillo Lehuedé, más conocido como la “Casa Roja”. Allí llegaban cantores
populares con su guitarra en mano y solían interpretar temas clásicos de Silvio Rodríguez. La multitud se reunía en un
solo coro para cantar viejas canciones revolucionarias, mientras las
expresiones teatrales y performances callejeras daban vida a la pequeña
plazoleta. Era un espacio donde el arte y la palabra se convertían en formas de
resistencia cultural frente al llamado “apagón cultural” que marcó aquellos
años.
Muy cerca de
ese lugar, en la calle Constitución, se encontraban dos sitios emblemáticos.
Uno de ellos era la casa de Pablo Neruda,
conocida como La Chascona, llamada así en
honor a Matilde Urrutia por su rebelde
cabellera. El otro era la Casa de la Constitución, un espacio representativo
para los jóvenes rockeros, donde se proyectaban videos musicales de artistas
como Jimi Hendrix, The Doors, Janis
Joplin y Led Zeppelin.
De esta manera, Bellavista se transformaba cada verano en un territorio de expresión libre, donde convergían la trova, el rock, el teatro y la artesanía. Más que un simple festival, la Semana de Bellavista fue una experiencia colectiva que permitió mantener viva la creación artística y el espíritu crítico en una época marcada por la censura y la represión, consolidando al barrio como un referente cultural y simbólico de Santiago.


Otro lugar que no dejaba indiferente a nadie
por su calidez era la disquería de Eduardo Gatti, ubicada en la esquina de
Antonia López de Bello con Constitución. Más que un simple local de venta de
discos, aquel espacio era un punto de encuentro para melómanos y amantes del
canto popular. Allí se conversaba de música, de política y de los tiempos
difíciles que atravesaba el país; cada vinilo era casi un acto de resistencia
cultural.
Dentro del sector de Baquedano, ya cruzando el
río Mapocho y dejando atrás el barrio Bellavista, se encontraba el cine Arte
Normandie (Alameda 139). Este emblemático recinto solía ofrecer funciones de
medianoche, promoviendo la cultura del celuloide a través de una gran pantalla
donde el cine arte era protagonista permanente de su cartelera. Era habitual
ver películas de Ingmar Bergman, Francis Ford Coppola, Akira Kurosawa y Héctor
Babenco, cuya obra El beso de la mujer araña (basada en la novela de Manuel
Puig) abordaba la historia de un preso
político, temática que resonaba profundamente en aquellos años de dictadura.
Una vez terminada la función, se concurría a
un lugar simbólico de la bohemia nocturna intelectual: el famoso bar “El
Castillo Francés”, ubicado a un costado de lo que hoy es el restaurante Jaque
Mate, en plena Alameda.
Cabe destacar que este espacio de encuentro
era muy especial. Contaba con un pequeño escenario cuya escenografía tenía como
fondo una torre Eiffel pintada, evocando un aire parisino. Hasta allí llegaban
cinéfilos, poetas, cantantes y personajes con cierto aire intelectual. Sin
embargo, lo que hacía encantador aquel recinto era la capacidad de socializar:
se iba de mesa en mesa compartiendo con los comensales, en diálogos donde la
poesía y la política estaban siempre presentes. Era un ejercicio espontáneo de
pensamiento crítico y fraternidad.
En ese Castillo vi por primera vez a la
primera punk chilena: Stella Diaz Varin, más conocida como “La Colorina”. Era
una mujer mayor, de hablar ronco, directo e irreverente, con una voz gruesa
marcada por el cigarro y la bohemia. Solía mostrar con orgullo el tatuaje que
llevaba en su brazo izquierdo, relatando que se lo había hecho como un acto de
rebeldía en tiempos de Gabriel Gonzalez Videla.
Con el tiempo supe que era una poeta
perteneciente a la Generación del 50, amiga de Enrique Lihn, Pablo Neruda y Alejandro
Jodorowsky. Se le reconocía como una mujer de fuerte carácter, apasionada,
provocadora y siempre dispuesta al debate, incluso al pugilato verbal que ella
misma solía iniciar.
Con la llegada de la llamada “democracia”,
muchas de estas actividades fueron quedando en el olvido. El barrio Bellavista
se transformó en una bohemia nocturna de carácter más comercial; el Cine
Normandie cerró sus puertas para trasladarse a la calle Tarapacá Nº1181; y el
recordado Castillo Francés bajó definitivamente sus cortinas, dando paso a la
ampliación de lo que hoy es el restaurante Jaque Mate, ubicado en Alameda
esquina Irene Morales. Con ello, se fue apagando parte de una bohemia
intelectual marcada por la resistencia cultural.
Qué pasó en la población San Joaquín.
Debemos considerar que en
la población San Joaquín la cultura siempre ha estado presente en diversas
manifestaciones. Por ello, no podemos dejar de mencionar a don Pedro Miranda,
dirigente del SICUCH, quien impulsó múltiples iniciativas comunitarias orientadas
al desarrollo artístico y social del sector. Asimismo, destacamos a don Gustavo
Tapia, profesor de violín, quien enseñó a muchos niños y jóvenes a interpretar
este hermoso instrumento de cuerda, sembrando en ellos la sensibilidad por la
música y el compromiso con el arte.
También
reconocemos el trabajo del connotado maestro Abril, cuya labor formativa dejó
huella en varias generaciones, así como al maestro y compositor nacional Nino
García, cuya trayectoria contribuyó significativamente al fortalecimiento de la
identidad musical popular. Cada uno de ellos, desde sus respectivos espacios,
aportó a la construcción de un tejido cultural sólido en la población.
Pero
especialmente evocaremos el trabajo del grupo de raíz folclórica Hamaycan, que
nace en la parroquia San Mateo de nuestra población. Su origen se remonta al 27
de julio de 1976, en un contexto marcado por profundas transformaciones
sociales y políticas en el país. En ese escenario, la música se convirtió en
una herramienta de encuentro, memoria y resistencia cultural.
Hamaycan, con
su propuesta inspirada en las tradiciones folclóricas chilenas y
latinoamericanas, no solo animó celebraciones y actividades comunitarias, sino
que también llevó el nombre de la población San Joaquín a importantes
escenarios nacionales e internacionales. Su notable desarrollo artístico, fruto
de la constancia y el trabajo colectivo, lo ha proyectado más allá del ámbito
local, consolidándose como un referente cultural y un símbolo del compromiso
comunitario con la identidad y la memoria histórica.
De esta manera, la historia cultural de la población San Joaquín no puede entenderse sin el aporte generoso de sus dirigentes, maestros y agrupaciones artísticas, quienes han mantenido viva la expresión popular como una forma de educación, organización y esperanza.
En los años 80 existían esbozos de diversas actividades culturales
que se desarrollaban tanto de manera individual como colectiva. En ese
contexto, el grupo folclórico de proyección tradicional Coñaripe
realizaba sus ensayos en la Escuela Nº 30, convirtiendo ese espacio en un punto
de encuentro para jóvenes interesados en la música de raíz. Posteriormente
nacería el grupo Ayllarehue, cuyos
integrantes ensayaban en la Parroquia San Mateo, y más adelante se incorporaría
a la escena musical local el grupo Ayrampu,
ampliando así el abanico de propuestas artísticas en la comunidad.
Estas
agrupaciones buscaban rescatar lo esencial del folclore tradicional chileno y
latinoamericano, revalorizando instrumentos, ritmos y repertorios ligados a la
identidad popular. Sin embargo, en ese mismo caminar comenzaron a surgir
jóvenes con otras inquietudes artísticas, muchas de ellas marcadamente
politizadas. Entre ellos encontramos poetas, muralistas, pintores, músicos,
videístas y actores, en su mayoría autodidactas, pero profundamente
comprometidos con la realidad social. A través del arte y la cultura
denunciaron las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que acontecían
en el país, transformando cada expresión artística en un acto de resistencia y
memoria.
En 1985, el
grupo Coñaripe se trasladó a un nuevo lugar de ensayo: la casa de Viviana
Benítez, ubicada a un costado de la Junta de Vecinos. Hasta allí llegaba un
sinnúmero de amigos y compañeros para cantar, tocar guitarra, hacer teatro o
declamar poesía. Ese espacio no solo funcionaba como sala de ensayo, sino
también como instancia de recreación, reflexión y discusión política sobre el
acontecer nacional y las formas de organización posibles en tiempos de
dictadura.
Desde esos encuentros surgieron iniciativas concretas como ferias de derechos humanos, tocatas en la cancha de Villa San Joaquín y expresiones teatrales a través de murgas callejeras que recorrían la población llevando música, crítica social y esperanza. De esta manera, la cultura se convirtió en un vehículo de organización comunitaria y en una herramienta fundamental para fortalecer la conciencia colectiva, reafirmar la identidad popular y sostener la lucha por la justicia y la dignidad.
En cuanto al aporte musical, fueron varias las instancias en que
estos jóvenes realizaron distintas tocatas de corte rockero. Así, grupos
emergentes como Araña Hidráulica
convocaron al primer Festival de Rock, realizado el 2 de abril en el sector
Aurora de Chile, cuyo invitado especial fue el Piojo Salinas. Entre payas y
rock se desarrolló esta significativa cita musical, que reunió a vecinos,
estudiantes y trabajadores en torno a una expresión cultural marcada por la
autogestión y la resistencia.
Estas
actividades no solo eran encuentros musicales, sino también espacios de
organización y encuentro comunitario, donde circulaban ideas, se compartían
experiencias y se fortalecían lazos solidarios en un contexto político adverso.
La música se transformó en un vehículo de denuncia y de identidad generacional,
permitiendo a muchos jóvenes expresar el descontento frente a la realidad
social del país.
Durante este
proceso apareció también el grupo Nazca
y la Banda de Hussein, integrada por Guido Jorquera,
Patricio Fuentes, Polo Sarmiento y Titón Somodevilla. Cabe resaltar que en
numerosas ocasiones ensayaron en la casa de Viviana y Verito Benítez, espacio
que se convirtió en un verdadero centro de creación musical y punto de
encuentro juvenil.
Además, las
agrupaciones participaban en cuanta actividad fueran invitadas, tanto a nivel
local como fuera de la población, presentándose en escenarios y espacios
abiertos como la Plaza Brasil, el barrio Bellavista, Balmaceda, La Victoria y
el Parque O’Higgins, entre otros. Cada presentación implicaba no solo el
desafío artístico, sino también el riesgo de la censura o la interrupción
policial, lo que daba a cada tocata un carácter casi clandestino.
De este modo, el rock barrial fue consolidándose como una expresión cultural propia, nacida desde las poblaciones y sostenida por la convicción colectiva de que la música podía ser una forma concreta de resistencia, memoria y organización social.


Hay un hecho poco conocido: el debut oficial de la banda Hussein
se iba a realizar en 1987 en el Bar Hualañe, ubicado entre las calles Carlos
Valdovinos y Bascuñán. Las bandas invitadas eran nada más ni nada menos que Los Fiskales Ad-Hok y Dada, consideradas entre las máximas
expresiones del punk chileno en aquellos años.
Un gran
aporte para la organización de este encuentro lo realizó Memopunk (uno de los
primeros panketas de la población), quien se encargó de difundir el evento de
manera artesanal, a través de volantes, boca a boca y recorridos por distintos
puntos de reunión juvenil. Gracias a esa convocatoria, llegaron más de 700
personas a las inmediaciones del bar, todas con un sello distintivo y
características muy particulares en cuanto a vestimenta y cortes de pelo:
chaquetas de cuero intervenidas, parches, alfileres de gancho, crestas de
colores y bototos, símbolos visibles de una identidad contracultural que
comenzaba a consolidarse en los márgenes de la ciudad.
La masiva
presencia de jóvenes llamó rápidamente la atención del vecindario y provocó que
Carabineros se hiciera presente en el lugar. Los funcionarios intimidaron a la
dueña del bar, argumentando que una “tokata” de esas características era ilegal
en un establecimiento de ese tipo. En un contexto aún marcado por la represión
y la vigilancia sobre las expresiones juveniles, cualquier reunión asociada al
punk era vista como foco de desorden o subversión.
La presión
policial llevó a que la dueña objetara la actividad, otorgando un breve plazo
para retirar todos los equipos que ya estaban instalados. De lo contrario (según
advirtieron) se procedería a la detención de los músicos, organizadores y
asistentes que se encontraban en el interior del recinto. Así, el esperado
debut de Hussein quedó frustrado antes de comenzar, transformándose en otro
episodio de censura y hostigamiento hacia la escena underground de la época.
Este hecho
refleja el clima cultural de fines de los años ochenta, donde el punk no solo
era una expresión musical, sino también una forma de resistencia simbólica
frente a la dictadura. Las tocatas clandestinas, los ensayos en casas
particulares y la circulación de casetes grabados de manera precaria eran parte
de una red subterránea que mantenía viva la crítica social y la necesidad de
espacios propios.
Dicen que las historias se repiten. Algo similar ocurrió el 12 de
octubre de 1971, durante el llamado “Encuentro Hippie” en el Parque de las Moscas, evento que también
fue suspendido. Aunque en contextos políticos distintos, ambos episodios dan
cuenta de cómo las expresiones juveniles ya fueran hippies en los setenta o
punketas en los ochenta fueron percibidas como una amenaza al orden
establecido.
En la década de los años 90 surgirá Kloketen,
una nueva propuesta musical enmarcada en el denominado Etno
Folk, estilo que busca rescatar sonoridades ancestrales y elementos
de la música étnica, inspirándose particularmente en la cultura selk’nam del extremo sur de Chile. El nombre “Kloketen”
hace referencia al rito de iniciación masculina del pueblo selk’nam, lo que ya
anticipa la profundidad simbólica del proyecto y su vínculo con la memoria de
los pueblos originarios.
En sus
inicios, la agrupación estuvo conformada por Chino Montoya, Titón Somodevilla,
Polo Sarmiento, Patricio Fuentes y, como intérprete y director musical, Guido
Jorquera. Con el paso del tiempo, algunos de sus integrantes originales dejaron
el proyecto, pero se incorporaron nuevos músicos, entre ellos Luis del Canto y
Claudio Alfaro, quienes aportaron nuevas sonoridades y consolidaron la
propuesta artística del grupo.
Kloketen
destacó por la utilización de instrumentos andinos y de raíz indígena, así como
por la incorporación de elementos teatrales y rituales en sus presentaciones en
vivo, lo que transformaba cada concierto en una experiencia estética y
espiritual. Su propuesta no solo era musical, sino también cultural, pues
contribuía a visibilizar y revalorizar las tradiciones de los pueblos
originarios en un período en que comenzaban a abrirse con mayor fuerza espacios
de reflexión sobre identidad y memoria en el Chile postdictadura.
Cabe resaltar
que Kloketen se mantuvo vigente a lo
largo de los años, presentándose en diversos escenarios y festivales
culturales, siendo reconocido y aclamado a nivel nacional por la coherencia de
su propuesta y su compromiso con la raíz identitaria.
Por otra parte, existe un hecho poco conocido que antecede a esta
efervescencia musical: en 1987 se realizó el primer encuentro cristiano de rock
en la cancha de la Villa San Joaquín. En aquel lugar se dieron cita tanto
personas creyentes como no creyentes, conjugándose la fe y la música en un
espacio abierto y poco habitual para la época. Una de las bandas participantes
fue el Grupo Vida y Fe Apostólica, lo que constituyó un hecho inédito para
aquellos años, marcados aún por fuertes tensiones sociales y culturales. Este
encuentro abrió camino a nuevas expresiones musicales dentro del mundo
cristiano, demostrando que el rock también podía ser un vehículo de mensaje
espiritual y compromiso comunitario.
En cuanto a los murales, en esa época comenzaron a emerger
diversas brigadas muralistas. Entre ellas hubo una muy especial llamada “Jurel Tipo Toyo”, en la que el profesor Daniel
Salcedo fue uno de sus integrantes más activos, quien solía pintar las murallas
laterales de los edificios de la población, transformando espacios grises en
verdaderos lienzos abiertos a la comunidad.
Eran jóvenes
que, a través de la brocha y el pincel, realizaban distintas gráficas de
carácter muy personal, explorando múltiples perspectivas estéticas. Muchas
veces era difícil llegar a acuerdos colectivos, ya que la creatividad de cada
integrante transitaba desde el cubismo hasta lo psicodélico, pasando por
referencias al muralismo latinoamericano y al arte contestatario propio de
aquellos años. Sin embargo, esa diversidad no debilitaba el trabajo; por el
contrario, lo enriquecía, convirtiendo cada mural en una obra cargada de
identidad, debate y experimentación.
En un
contexto marcado por la represión y el llamado “apagón cultural” de la
dictadura, el muralismo se transformó en una herramienta de expresión y
resistencia. Las murallas hablaban cuando otros espacios estaban silenciados.
Los colores, las figuras humanas, las ciudades imaginadas y los símbolos
sociales se convertían en mensajes que interpelaban a quienes transitaban por
el barrio, generando diálogo y conciencia.
Uno de los
primeros murales que realizaron representaba a un hombre desplazándose en
bicicleta por una ciudad ramificada, llena de detalles y múltiples escenas
superpuestas, como si cada rincón contuviera una historia distinta. En esta
obra participaron Igor, el “Peteco”, Ito, Daniel y Moisés, quienes dedicaron
largas jornadas a su elaboración, compartiendo ideas, discusiones y sueños.
Aquel mural no solo fue una expresión artística, sino también un acto colectivo
de afirmación cultural y comunitaria.
Con el tiempo, estas brigadas muralistas dejaron una huella profunda en la memoria barrial, demostrando que el arte callejero podía convertirse en una forma legítima de resistencia, identidad y construcción social.
La poesía estaba a cargo del inigualable Chino Montoya. Cada vez
que había un acto, peña o actividad solidaria, se hacía presente con sus
escritos. Además, a través de las ondas radiales de Radio 1º de Mayo, con su
voz firme y reflexiva, nos llamaba a la conciencia crítica mediante su programa
Los Muros y, posteriormente, El
Kiosco. Su palabra no solo acompañaba las jornadas culturales, sino
que también se transformaba en una herramienta de denuncia y memoria colectiva.
No podemos
olvidar a doña Estela Iglesias, poetisa de nuestra población, quien con su voz
cálida solía declamar poemas de Gabriela Mistral
o compartir sus propias creaciones, cargadas de sensibilidad y vivencias
populares. A estos poetas se sumaba también Ito Salcedo, quien en el 50º
aniversario de nuestra población subió al escenario central para entregarnos
sus escritos, reafirmando que la poesía era parte esencial de nuestra identidad
comunitaria.
Dentro del
quehacer poético, el Chino Montoya impulsó una apuesta muy significativa: los
cafés literarios itinerantes. A través de un kiosco armable que se trasladaba
de población en población y de comuna en comuna, llevaba la poesía
político-social a distintos territorios, democratizando la cultura y
acercándola a quienes muchas veces no tenían acceso a espacios formales. Entre
sus obras más recordadas estuvo La Odisea del
Mapocho, que relataba en versos los hechos protagonizados por
mujeres de ANDHA Chile en la ribera del río Mapocho en el año 2009,
visibilizando sus luchas por la vivienda y la dignidad.
Asimismo,
destacó Carta a André Jarlán, dedicada al sacerdote francés André Jarlán, asesinado en 1984 durante una
jornada de protesta en la población La Victoria. A través de estos poemas, la
memoria histórica se hacía presente y se mantenía viva en la conciencia
popular.
Muchos otros
lirismos llegaban por llamadas telefónicas y eran difundidos por las ondas
radiales; era el caso de la señora Estela Iglesias, entre otros vecinos y
vecinas. Algunos incluso enviaban sus escritos desde la Cárcel de Alta
Seguridad o desde la Penitenciaría, compartiendo su poesía tras los muros. Ante
esto, el Chino solía decir: “Nosotros entramos a las cárceles sin permiso,
cruzamos los barrotes y nos preparamos para compartir un mate”, reflejando así
la convicción de que la poesía no reconoce límites ni rejas.
Estos encuentros culturales y poéticos fueron de los primeros que se llevaron a cabo en la población San Joaquín, convirtiéndose en espacios de resistencia y comunidad en tiempos complejos. Actualmente, en la Guarida del Dr. Salvador, se han realizaron dos encuentros poéticos organizados por los jóvenes de la biblioteca, quienes retoman esa tradición y mantienen viva la llama de la poesía popular como herramienta de memoria, identidad y transformación social.
El teatro en la población San Joaquín, fue otra manifestación
artística fundamental para estos jóvenes, quienes, en medio de la represión y
la censura, encontraron en las tablas y muchas veces en la propia calle un
espacio de expresión y denuncia. Con escasos recursos, pero con una enorme
convicción, se reunían en las casas a ensayar. Entre rostros pintados y
vestimentas multicolores, transformaban el espacio cotidiano en un escenario
abierto al pueblo.
En ese
contexto presentaron por las calles de la población la obra teatral La Patria Herida, representada por Edith Riveros. La
puesta en escena combinaba elementos simbólicos y testimoniales, denunciando
las injusticias y el dolor provocado por la violencia política. Durante el
recorrido, y con megáfono en mano, recordaban y nombraban a los caídos de la
población, rescatando sus historias del silencio impuesto y devolviéndoles
dignidad a través del arte.
Estas intervenciones teatrales no solo eran actos culturales, sino también acciones de memoria y resistencia. El teatro callejero se convirtió en una herramienta de concientización y organización comunitaria, permitiendo que vecinos y vecinas reflexionaran colectivamente sobre la realidad que vivían. En tiempos donde los espacios oficiales estaban cerrados para las voces críticas, la calle pasó a ser un lugar de encuentro, creación y lucha, reafirmando que el arte puede convertirse en una poderosa forma de resistencia social y política.
En relación con el teatro, en la población San Joaquín también surgió otra expresión artística
especialmente dirigida a los niños, cuyo principal impulsor fue Igor Marín con
sus títeres. A través de montajes sencillos pero profundamente creativos, logró
acercar el arte a los más pequeños, combinando humor, imaginación y mensajes
que, de manera sutil, promovían valores como la solidaridad, la justicia y la
libertad. En un contexto marcado por la censura y la represión, el teatro de
títeres se transformó en una herramienta pedagógica y cultural de gran
relevancia.
En ese
entonces también se contaba con el Taller Experimental, espacio fundamental
para el desarrollo artístico y la reflexión crítica. Allí, Pato Celis, junto a
Hernán Bravo (conocido como el “Rucio Nano”) y Juan Carlos Pino, realizaron un
importante aporte a la cultura local. Su trabajo no solo se limitó a la
creación escénica, sino que también estuvo acompañado de un pensamiento crítico
y abiertamente antidictatorial, que buscaba generar conciencia y abrir espacios
de diálogo en tiempos complejos.
A esta iniciativa cultural se sumaron otros compañeros, como Jano
Díaz, Titón Somodevilla, Nelson Rojas y el “Indio” Claudio, entre otros,
quienes contribuyeron con su creatividad, compromiso y convicción. De esta
manera, el teatro (tanto para adultos como para niños) se consolidó como un
espacio de resistencia cultural, encuentro comunitario y construcción de
memoria en medio de la adversidad.
Los primeros cineastas autodidactas fueron Juan
Carlos Mujica, quien, tras ganar un concurso que le permitió
adquirir una cámara fotográfica , comenzó a registrar diversos momentos de la
vida cotidiana en la población. Más adelante, con una cámara filmadora,
continuó documentando actividades comunitarias, celebraciones, reuniones
culturales y también episodios marcados por la organización social en tiempos
complejos. Su trabajo constituye hoy un valioso testimonio audiovisual de la
memoria barrial.
Posteriormente
se sumó al quehacer audiovisual Alejandro
Casas-Cordero, más conocido como Jano Pera, quien en su primera
etapa realizó un cortometraje filmado en los entonces pozos areneros de Av. La
Feria, espacios que formaban parte del paisaje característico del sector.
Seguidamente, llevó a cabo la película “El hombre de
las Flores”, cuya locación principal fue la antigua estación de
ferrocarril del sector San Eugenio, lugar cargado de simbolismo histórico y
social. Estas producciones, de carácter independiente y realizadas con recursos
limitados, reflejaban la creatividad, la identidad territorial y la necesidad
de narrar la propia realidad desde una mirada popular.
La pintura,
como expresión artística, tampoco estuvo exenta de estas manifestaciones
culturales. Jóvenes como Moisés Saba y Jimy Sarmiento lograron, a través de sus
pinceles y acuarelas, plasmar un trabajo vanguardista utilizando diversas
técnicas pictóricas, explorando el color, la figura humana y escenas de la vida
cotidiana. Del mismo modo, Ito Salcedo desarrollaba una propuesta particular,
elaborando cuadros con figuras intervenidas y rellenadas con recortes de
diarios, incorporando así una dimensión crítica y simbólica a su obra.
Cada vez que se realizaba una actividad cultural en la población ya
fueran peñas, actos conmemorativos, encuentros artísticos o jornadas
comunitarias, estos jóvenes artistas exponían sus trabajos a los vecinos y
vecinas, transformando los espacios públicos en verdaderas galerías abiertas.
De esta manera, el arte no solo cumplía una función estética, sino también
social: fortalecía la identidad colectiva, promovía la reflexión y contribuía a
mantener viva la memoria histórica del territorio.
Sin embargo, este nuevo proceso cultural y político vivido entre
los años 1980 y 1990 en la población San Joaquín dio paso a la irrupción de
nuevas generaciones que comenzaron a vincularse activamente con la política,
manifestándose a través de la música, el teatro y el muralismo. Estos jóvenes,
muchos de ellos hijos e hijas de quienes habían resistido en los años más duros
de la dictadura, asumieron el arte como una herramienta de denuncia, memoria y
organización social.
Una de las
primeras conquistas de estos jóvenes idealistas fue la recuperación de los
espacios públicos, entendidos no solo como lugares físicos, sino como
territorios simbólicos de encuentro y expresión colectiva. En plena dictadura
decidieron organizar la primera Feria de los Derechos Humanos frente a la sede
comunitaria ubicada en Simón González Nº 3625. Este primer intento no fue
fácil: efectivos militares destruyeron el improvisado escenario y amenazaron a
los organizadores. Sin embargo, lejos de amedrentarse, la experiencia
fortaleció su convicción. La perseverancia y el profundo compromiso social
llevaron a estos muchachos y muchachas a continuar promoviendo el arte y la
cultura en la población San Joaquín, transformando cada actividad en un acto de
resistencia.
Estas
iniciativas no solo buscaban denunciar las violaciones a los derechos humanos,
sino también generar conciencia, fortalecer la identidad barrial y reconstruir
el tejido social dañado por años de represión. A través de peñas, obras de
teatro callejero, tocatas y murales colectivos, la cultura se convirtió en un
espacio de formación política y solidaridad.
Queda
claramente evidenciado que, con el paso del tiempo, los murales dejaron de
tener exclusivamente una inclinación política explícita. Sin embargo, las
nuevas generaciones herederas de aquella tradición cultural continúan
interviniendo los muros de la población, aunque con otros lenguajes, técnicas y
estéticas. Hoy el arte urbano se expresa en grafitis y murales de gran formato,
donde el color y la identidad local ocupan un lugar central.
En este
contexto destaca el trabajo del artista Andro Montoya, virtuoso del aerosol,
quien a través de múltiples matices y semblantes plasma el entorno de la
población. Sus obras no solo embellecen los espacios, sino que también dialogan
con la historia del territorio, manteniendo vigente el espíritu creativo y
transformador que ha caracterizado a San Joaquín desde aquellos años de
resistencia.




















