Programa de Empleo Mínimo en San Jaoquìn

viernes, 5 de octubre de 2012

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PEM en San Joaquín


En el año 1974 el Producto Interno Bruto en Chile cayó en un 29%. En este contexto, la dictadura militar, en conjunto con el ministro de ese entonces, José Piñera Echenique, creó un programa de subempleo institucionalizado denominado Programa de Empleo Mínimo (PEM), dirigido principalmente a hombres jefes de hogar ante una cesantía que superaba el 20% de la población chilena, sumándose además una inflación muy alta, estancamiento productivo, quiebra de bancos, aumento de la deuda externa y una crisis económica de carácter mundial.

El sueldo mínimo en 1974 era de Eº 77.500 escudos, y al año siguiente aumentó a Eº 95.000. Cabe resaltar que en aquellos años el kilo de azúcar costaba Eº 2.100 y el kilo de arroz Eº 2.400 escudos, según la Dirección de Industria y Comercio, información publicada en el Diario Oficial del 22 de marzo de 1975. Estas cifras reflejan el profundo deterioro del poder adquisitivo de las familias trabajadoras.

El programa era administrado por las municipalidades. La primera en llevarlo a cabo fue la Municipalidad de Santiago, siendo su alcalde el coronel Hernán Sepúlveda Caño, quien contrató a 590 trabajadores formando seis grupos que se desempeñaron en el hermoseamiento y forestación del Parque O’Higgins. Otros grupos fueron destinados a la construcción de veredas, limpieza de acequias, aseo y ornato. En esos años la alcaldía de Santiago llegó a contratar a cerca de 90.000 hombres de su comuna, con contratos de 90 días y un salario de Eº 15.000 escudos, trabajando en jornadas parciales, generalmente en horario de mañana, de lunes a viernes.

Los trabajadores desocupados eran contactados a través de las juntas de vecinos de cada población, las cuales debían certificar la residencia en el sector, restringiéndose fuertemente el ingreso al programa a quienes no pertenecían al territorio. El trabajo consistía principalmente en arreglos de plazas y veredas en distintos puntos de la comuna. Resultaba penoso ver a trabajadores de la construcción barriendo calles o a profesionales universitarios desempeñándose como capataces de estas cuadrillas.

El medio de transporte utilizado eran, por lo general, camiones que trasladaban a los vecinos junto a sus herramientas: palas, chuzos, escobillones gruesos o escobas de rama de curahuilla. Con el fin de evitar que el poblador se sintiera menoscabado dentro de su propio entorno, muchas veces era trasladado a otra comuna, sin contar con beneficios mínimos como baños o lugares de resguardo frente a las inclemencias del tiempo.

En la población San Joaquín existieron al menos dos cuadrillas compuestas por diez vecinos cada una, las que arreglaron la mayoría de las plazas. En lista de espera permanecían cerca de ochenta pobladores, priorizándose a padres de familia con hijos estudiando. La Junta de Vecinos se encargaba de seleccionar a los cesantes; entre los requisitos estaban ser residente, estar casado y tener hijos, permitiéndose solo una postulación por vivienda. Esto generó tensiones, reclamos e incluso acusaciones de favoritismo hacia los dirigentes, reflejando la magnitud de la cesantía que afectaba a la población.

Como respuesta al desempleo, el gobierno mantuvo también un programa denominado Operación Invierno, que intervenía doce comunas de Santiago mediante obreros contratados por la Corporación de Obras Urbanas, encargados de supervisar tareas municipales como limpieza de desagües, retiro de escombros y aseo de alcantarillas. La comuna de San Miguel fue una de las beneficiadas con la contratación de 771 trabajadores con sueldo mínimo, pero sin previsión de salud ni cotizaciones, precarizando aún más la condición laboral.

Durante la década de 1980, ante una nueva crisis económica mundial, la dictadura mantuvo este tipo de programas, cambiando su nombre a Plan Ocupacional para Jefes de Hogar (POJH). Aunque aumentó la cantidad de personas contratadas, la productividad real seguía siendo baja, pues muchas labores consistían en trasladar piedras de un lugar a otro, limpiar reiteradamente los mismos espacios o podar nuevamente los mismos árboles, configurando un trabajo circular y simbólico más que una solución estructural al desempleo.

En este período surgió también la Federación de Sindicatos Independientes, debido a que los trabajadores de estos programas no tenían derecho efectivo a sindicalización. Sus condiciones eran extremadamente precarias: mala alimentación, ingresos equivalentes a un tercio del salario mínimo y ausencia de derechos laborales básicos. A ello se sumó la incorporación masiva de mujeres —alrededor de un 53%— al trabajo remunerado, buscando complementar los escasos ingresos familiares.

Hacia 1986, el desempleo en Santiago alcanzaba cifras dramáticas. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, 92.282 personas subsistían con $3.000 mensuales y otras 149.726 con $5.000. En total, los programas de absorción de cesantía llegaron a abarcar a casi un cuarto de millón de personas solo en la capital.

En diciembre de ese año, el gobierno decidió poner término al empleo de 1.140 trabajadores por considerarlo ineficiente y poco rentable, medida ordenada por el Ministerio del Interior y oficializada por la Intendencia de Santiago. La decisión se aplicó inicialmente en la Municipalidad de La Granja, afectando a trabajadores que reparaban calles como Camino al Observatorio y la ampliación de Avenida Santa Rosa.

Ante la pérdida de su única fuente laboral, los trabajadores decidieron organizarse. Como acto de protesta, una veintena de ellos llegó alrededor de las 9:30 de la mañana al paradero 31 de Santa Rosa y procedió a incendiar casetas con materiales y herramientas ubicadas cerca de antiguas construcciones de la Universidad de Chile. El alcalde Mario Messen solicitó la intervención de Carabineros, que reprimió la manifestación con fuerzas especiales y desvió el tránsito del sector, manteniendo además vigilancia en las inmediaciones del municipio.

Más de un centenar de trabajadores observó en silencio cómo el fuego consumía las dependencias, señalando: “Es una manera de pagarnos” y “Ni siquiera nos informaron que el programa terminaba”. Acciones similares se replicaron en distintos puntos de Santiago.

Las principales demandas de los trabajadores del POJH incluían mejoras salariales, subsidio de locomoción en microbuses en lugar de camiones, prenatal con un 70% del ingreso para embarazadas, entrega de delantales, zapatos y overoles, ayuda escolar, golosinas y juguetes de Navidad para sus hijos, y garantías de no represalias contra quienes participaran en las movilizaciones.

El PEM y el POJH dejaron una huella profunda en poblaciones como San Joaquín, no solo por la precariedad laboral que representaron, sino también porque evidenciaron las estrategias de sobrevivencia comunitaria, la organización vecinal y la esperanza de quienes, aun en condiciones adversas, buscaron sostener a sus familias y mantener la vida cotidiana en medio de una de las crisis sociales más duras del país.

 



La dictadura militar, a través del Intendente de la Región Metropolitana, brigadier general Roberto Guillar, aludió que se trataba de “violentistas que causan el caos con ayuda concertada del Partido Comunista”, señalando además que estos no podían manifestar el derecho a huelga ni presentar un pliego de peticiones, puesto que no percibían un sueldo sino un subsidio. Por lo tanto, debían regirse estrictamente por la legislación vigente y, a contar de ese día, quedaban despedidos, cancelándoseles únicamente la quincena correspondiente y ningún otro beneficio.

Estas declaraciones reflejaban con crudeza la política represiva y antisindical instaurada por la dictadura, orientada a desarticular cualquier forma de organización popular y a debilitar la capacidad de negociación de los trabajadores. La criminalización de la protesta social y la negación de derechos laborales básicos formaron parte de un proceso más amplio de transformación económica y social impuesto por la fuerza.

Al finalizar la crisis, lentamente comenzaron a abrirse algunos espacios laborales para los cesantes, otorgando una limitada sensación de estabilidad y un mínimo de dignidad al obrero chileno. Sin embargo, este proceso estuvo acompañado por la consolidación de un nuevo modelo de relaciones laborales que, con el tiempo, se profundizaría y normalizaría: la subcontratación. Este sistema fragmentó la fuerza de trabajo, precarizó las condiciones laborales y debilitó la organización sindical, efectos que, en gran medida, se proyectan hasta la actualidad.

De este modo, las medidas adoptadas durante ese período no solo respondieron a una coyuntura específica de conflictividad social, sino que sentaron las bases de una estructura laboral marcada por la desigualdad, la inestabilidad y la pérdida de derechos históricos conquistados por el movimiento obrero chileno.

Toda la información y fotografías queda a libre disposición, siempre que se mencione su fuente.





Extracto del Radio Teatro Voces con Historia de la Población San Joaquín


Fuente: Archivos de la época
Fuente: Abdulia Gómez
Fotos : Archivo personal
Macarena Vinnett