Fiestas Patrias en la Población San Joaquín

sábado, 6 de octubre de 2012

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 El 18 de septiembre se celebró por primera vez en 1810, aunque originalmente se conmemoraba el 12 de febrero. Bernardo O’Higgins declaró oficialmente esta fecha, que hasta el día de hoy se festeja.

En sus comienzos, las Fiestas Patrias eran celebradas por los más acaudalados de la comarca; así, en los grandes salones se bailaba la cueca, donde las damas agitaban sus pañuelos al son de arpas y guitarras. En cambio, los pobres de la naciente ciudad esperaban que terminara el evento, aguardando la comida sobrante.

El 18 de septiembre de 1812, José Miguel Carrera, presidente de la Junta Gubernativa, decidió aplazar el festejo nacional para el 30 de septiembre a raíz de los serios problemas que se habían suscitado durante su mandato y, además, para demostrar la cohesión que mantenía con un grupo mayoritario de patriotas.

Él esperaba que la fiesta nacional se realizara con gran dedicación, ya que en Chile se encontraba presente el cónsul de Estados Unidos, Mr. Poinsett, quien debía proveer de fusiles y cañones norteamericanos a los patriotas. Por tanto, Carrera decidió organizar un programa que contemplara abundante ostentación con el fin de deslumbrar a la ilustre visita y al mismo tiempo, evidenciar ante el mundo el avance del proyecto independentista.

Esta gran celebración comenzó el 25 de septiembre, fecha en que el gobierno decretó tres días de iluminación y alegrías generales. Durante el tercer día, la Casa de Moneda se iluminó completamente y se ordenó el embanderamiento general; sin embargo, fueron pocas las casas que concretaron el izamiento de la bandera de colores blanco, azul y amarillo, debido a la escasez de telas en el comercio local, situación que reflejaba las dificultades económicas propias del período revolucionario.

El día 30, la ciudad de Santiago fue despertada por una salva de treinta y un cañonazos y el izamiento de banderas en la Plaza de Armas, la Moneda y el cerro Santa Lucía. No obstante, el sarao realizado en la Moneda no tuvo la concurrencia esperada, pues durante la jornada se propagó el rumor de que en Concepción había estallado una revolución, generando inquietud entre los asistentes y tensión en el ambiente político.

El baile comenzó con una contradanza general en un salón de cuarenta y siete varas, adornado con figuras de plata, candelabros, muebles vargueños, sofás, cortinas de terciopelo y una gran mesa en forma de media luna. En ella se ofrecían a damas y caballeros, en delicados cristales y lozas finas, las más variadas especies de dulces, vinos, helados, frutas, rosolíes y mistelas, propias de la refinada sociabilidad de la época colonial tardía.

Los brindis se iniciaron cerca de las dos de la madrugada en el salón de ramilletes, siendo el primero en alzar su copa Fray Camilo Henríquez, figura central del pensamiento independentista. La ceremonia concluyó con la lectura de una octavilla real, compuesta por estrofas de ocho versos que exaltaban la libertad, la patria naciente y la esperanza de un nuevo orden político.

Cerca de las seis de la mañana aún bailaban las últimas parejas. A esa hora ingresó al salón de la cena numerosa gente del pueblo que había permanecido toda la noche en la plazuela, contemplando el espectáculo y esperando las sobras de comida, tal como era costumbre en las celebraciones de los sectores acomodados. Este contraste social evidenciaba las profundas desigualdades existentes, aun en medio del fervor patriótico.

Pese a la magnificencia del festejo, los acontecimientos posteriores demostrarían que la independencia chilena estaba lejos de consolidarse. Las disputas internas entre patriotas, la amenaza realista y la inestabilidad política marcarían los años siguientes, transformando aquellas fiestas de 1812 en un símbolo simultáneo de esperanza, incertidumbre y construcción de la nación.

 

 

¿Cómo se celebraban en la población San Joaquín dichas festividades?

La Junta de Vecinos organizaba las actividades en conjunto con los pobladores, convocando previamente a una reunión en la Escuela Mixta Nº 30, donde se reunían los clubes deportivos, los centros de madres, la comunidad cristiana, el centro de padres y los delegados de los departamentos y casas.

En la población, la festividad era todo un acontecimiento. Los vecinos, con anticipación, comenzaban a pintar las fachadas de sus viviendas y posteriormente instalaban un mástil pintado de blanco donde ubicaban la bandera chilena.

Los permisos para realizar las clásicas fondas eran otorgados con anticipación por la unidad vecinal. Una de las exigencias que los dirigentes solicitaban era la presentación de una carta en cuatro copias, además de dar aviso previo a la Municipalidad de San Miguel. Estas tradicionales ramadas en el sector eran organizadas por la parroquia San Mateo, el club deportivo Juventud Católica, el Centro de Madres María Paz, Defensor Arauco, Villa San Joaquín y la propia Junta de Vecinos.

En el año 1976, todas las fondas se ubicaron en el frontis de la Junta de Vecinos; la idea era permitir un mayor control por parte de Carabineros, concentrando las ramadas en un solo lugar.

En relación con las fondas, estas eran humildes, pero sin perder la identidad patriótica. Algunas llevaban nombres muy sugerentes o divertidos, como “La Tula Loca”, reflejando el sentido del humor popular presente en la comunidad.

El aspecto físico de las ramadas consistía en una estructura cuadrada de madera, forrada con telas, tablas u otros elementos que impidieran el paso del frío. La entrada era adornada con varas de palmera extraídas del Parque CORVI. En su interior se observaban tiras de papel tricolor a modo de guirnaldas, elaboradas por los propios organizadores, y en la tarima generalmente se exhibía una gran bandera chilena.

Los dirigentes inauguraban y recorrían las fondas el día 17 de septiembre junto a una comitiva, para posteriormente definir y premiar la mejor ramada. Ese año, el primer lugar recayó en el Club Deportivo Villa San Joaquín y el segundo lugar en la parroquia San Mateo.

El día 18, a las 8:30 horas, estaba contemplado el izamiento de la bandera en el pabellón de la Junta de Vecinos, en las casas y en todas las plazas públicas de la población San Joaquín. Quien no colocara la bandera podía ser denunciado y posteriormente multado.

En relación con lo gastronómico, eran principalmente las mujeres quienes preparaban las empanadas “calduas”, además de prietas con papas doradas y patitas de chancho, que eran conseguidas en el Matadero Franklin.

Las bebidas se almacenaban en el tradicional chuico, la dama Juana o la garrafa botellones de vidrio recubiertos en mimbre con capacidades de 5 y 15 litros donde se conservaban la chicha o el vino. Por su parte, el cola de mono se preparaba con aguardiente, leche, café, azúcar y especias, para luego ser embotellado especialmente para la ocasión.

Junto a la comida y la bebida, la música ocupaba un lugar central en la celebración. Conjuntos folclóricos locales, guitarras, acordeones y cuecas improvisadas animaban las jornadas, permitiendo que niños, jóvenes y adultos compartieran bailes y juegos tradicionales. De este modo, las festividades no solo representaban una conmemoración patriótica, sino también un espacio de encuentro comunitario, solidaridad vecinal y reafirmación de la identidad popular de la población San Joaquín.










El día 18 de septiembre, a contar de las 11:00 de la mañana, la Junta de Vecinos daba comienzo a las clásicas competencias organizadas por cuadras y blocks. Era costumbre que los mayores jugaran a la rayuela; en cambio, los niños realizaban juegos como el ensacado, el palo encebado y morder la manzana. Una de estas actividades se llevó a cabo en la calle Quirihue, esquina Armando Lira.

En los sitios eriazos y plazas se realizaban competencias de volantines con hilo curado, lo que más de una vez produjo algún accidente. En relación con esta práctica, eran los propios vecinos quienes preparaban el hilo, atándolo de árbol a árbol e impregnando el filamento con vidrio molido y cola caliente. Luego esperaban que se secara y posteriormente lo enrollaban para usarlo en las competencias.

En estas mismas actividades, los dirigentes se encargaban de repartir bolsas de papel kraft que contenían dulces, manzanas o naranjas, además de la clásica banderita de papel tricolor.



Fiesta 18 de septiembre población San Joaquín

Fiesta 18 de septiembre población San Joaquín

En las fiestas patrias de antaño era importante la tenida, siendo la ocasión para lucir nuevos zapatos o un nuevo vestido en las niñas.

En relación con los adultos, también solían preocuparse de la vestimenta, sobre todo para salir por la noche lo más elegante posible a las fondas locales de la población o a la que se llevaba a cabo en el Estadio Municipal de San Miguel, ubicado en la comuna actualmente. En otros casos, se visitaban las fondas de la Quinta Normal o se participaba de las ramadas instaladas en Gran Avenida, desde el paradero 3 al 7.

Una de las ramadas que los vecinos recuerdan con nostalgia era aquella que se realizaba en la calle Thomas Somercales, a un costado de la Plaza Palestro. La señora Fresia era quien la organizaba, porque era dueña de la botillería que a veces funcionaba como restaurante, ubicada justamente en ese lugar. Esta misma comerciante se encargaba de traer la chicha de San Javier en barriles de madera y, además, preparaba las empanadas más exquisitas del sector, según cuentan los vecinos.

Actualmente, la señora Fresia siguio viviendo en el sector, pero su local fue cerrado hace más de 20 años; solo queda la nostalgia de una cortina metálica y un antiguo anuncio de cigarrillos Hilton adherido a su muralla.


Fiesta 18 de septiembre población San Joaquín

La parada militar se remonta a 1832. Las primeras revistas militares se realizaban en el barrio Yungay; posteriormente se trasladaron a La Pampilla, sector ubicado en lo que más tarde sería el Parque Cousiño, hoy Parque O’Higgins.
Estas se celebraban el día 18 de septiembre. Fue el presidente Ramón Barros Luco quien, en 1915, cambió la parada militar para el día 19, decretándolo como el Día de las Glorias del Ejército.



Para los pobladores de San Joaquín, era un panorama imperdible debido a la cercanía entre la población y el parque, así como a la gran cantidad de familias que en aquellos años pertenecían a las Fuerzas Armadas. Hasta ese lugar llegaban familias completas para ver a sus familiares que marchaban al más puro estilo prusiano, al son de las bandas de músicos militares. En cambio, otros pobladores que vivían en departamentos aprovechaban de realizar un apetitoso asado a la chilena.

Foto septiembre 1974 centro de Santiago

¿Qué pasó el 18 de septiembre de 1973?

Las celebraciones de Fiestas Patrias de ese año se vieron profundamente alteradas tras el golpe de Estado ocurrido pocos días antes. El país se encontraba bajo estado de sitio y con toque de queda, lo que impedía las aglomeraciones de personas y establecía horarios estrictos para transitar por las calles. El ambiente general estaba marcado por la incertidumbre, el temor y la presencia militar en distintos espacios públicos.

Aun así, la dictadura militar realizó el tradicional Tedeum de Acción de Gracias, al que asistieron la mayoría de los generales golpistas y diversos dirigentes políticos que habían respaldado la asonada, entre ellos Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva. Esta ceremonia buscó proyectar una imagen de normalidad institucional en medio de un contexto de represión, detenciones y persecuciones políticas que ya comenzaban a afectar a amplios sectores de la población.

En muchas poblaciones y barrios populares, las celebraciones fueron prácticamente inexistentes. Las familias permanecieron en sus hogares, evitando cualquier manifestación pública por temor a allanamientos o controles militares. Las tradicionales fondas, ramadas y encuentros comunitarios, que solían ser espacios de reunión y alegría colectiva, quedaron suspendidos o reducidos a expresiones mínimas.

Al año siguiente, las fondas volvieron a funcionar en la Quinta Normal, entre avenida Las Palmeras y el frontis del Museo Histórico Nacional, entre los días 17 y 19 de septiembre. La subasta de ubicación se realizó el 29 de agosto y estuvo a cargo de la Tercera Zona de Aseo, que remató terrenos para 17 fondas, 16 ramadas y 70 locales. Las festividades fueron inauguradas por el alcalde de Santiago; el día 18 la institucionalidad incluyó un acto popular en la Casa Colorada y en la Plaza de Armas, organizado por Germán Becker y transmitido por los canales de televisión 7 y 13.

En el Parque O’Higgins y en el Hipódromo de Chile se desarrollaron actos folclóricos simultáneos con el apoyo de la Dirección General de Extensión Cultural y Artística, el Teatro Municipal y la Secretaría Nacional de la Juventud. Estas actividades formaban parte de los esfuerzos del régimen por promover celebraciones controladas, reforzando una imagen de orden y tradición nacional.

El 19 de septiembre, a distintas unidades vecinales se les entregaron invitaciones para que los pobladores asistieran gratuitamente a funciones de circo y cine en sus respectivas comunas. Las celebraciones oficiales culminaron el 26 de septiembre con una función de gala de la ópera La Traviata en el Teatro Municipal, a la que asistió la plana mayor del Ejército encabezada por el dictador Augusto Pinochet.

Con el paso de los años, muchas de estas tradiciones comunitarias fueron debilitándose en la población San Joaquín, en parte por los efectos de la represión, el miedo y las transformaciones sociales que fomentaron el individualismo y la fragmentación del tejido barrial. Sin embargo, la memoria colectiva persistió. En 2012, un grupo de pobladores del sector Belén, con gran esfuerzo y evocando recuerdos compartidos, organizó actividades significativas para los niños y niñas del lugar, recuperando costumbres de antaño que en algún momento habían dado vida y sentido de comunidad a sus celebraciones.

De esta manera, más allá de las interrupciones impuestas por la historia, las tradiciones populares continúan reapareciendo como espacios de encuentro, memoria y resistencia cultural.

Toda la información y fotografías queda a libre disposición, siempre que se mencione su fuente.



Fondas Estadio Nacional 1970



Extracto del Radio Teatro Voces con Historia de la población San Joaquín


Fuente:
Archivo Nacional
Aurelio Dìaz
Adela Vargas
Fotos: WEB
Fotos Faceboock Guido Jorquera
Fotos: Archivo personal
Macarena Vinnett
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Programa de Empleo Mínimo en San Jaoquìn

viernes, 5 de octubre de 2012

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PEM en San Joaquín


En el año 1974 el Producto Interno Bruto en Chile cayó en un 29%. En este contexto, la dictadura militar, en conjunto con el ministro de ese entonces, José Piñera Echenique, creó un programa de subempleo institucionalizado denominado Programa de Empleo Mínimo (PEM), dirigido principalmente a hombres jefes de hogar ante una cesantía que superaba el 20% de la población chilena, sumándose además una inflación muy alta, estancamiento productivo, quiebra de bancos, aumento de la deuda externa y una crisis económica de carácter mundial.

El sueldo mínimo en 1974 era de Eº 77.500 escudos, y al año siguiente aumentó a Eº 95.000. Cabe resaltar que en aquellos años el kilo de azúcar costaba Eº 2.100 y el kilo de arroz Eº 2.400 escudos, según la Dirección de Industria y Comercio, información publicada en el Diario Oficial del 22 de marzo de 1975. Estas cifras reflejan el profundo deterioro del poder adquisitivo de las familias trabajadoras.

El programa era administrado por las municipalidades. La primera en llevarlo a cabo fue la Municipalidad de Santiago, siendo su alcalde el coronel Hernán Sepúlveda Caño, quien contrató a 590 trabajadores formando seis grupos que se desempeñaron en el hermoseamiento y forestación del Parque O’Higgins. Otros grupos fueron destinados a la construcción de veredas, limpieza de acequias, aseo y ornato. En esos años la alcaldía de Santiago llegó a contratar a cerca de 90.000 hombres de su comuna, con contratos de 90 días y un salario de Eº 15.000 escudos, trabajando en jornadas parciales, generalmente en horario de mañana, de lunes a viernes.

Los trabajadores desocupados eran contactados a través de las juntas de vecinos de cada población, las cuales debían certificar la residencia en el sector, restringiéndose fuertemente el ingreso al programa a quienes no pertenecían al territorio. El trabajo consistía principalmente en arreglos de plazas y veredas en distintos puntos de la comuna. Resultaba penoso ver a trabajadores de la construcción barriendo calles o a profesionales universitarios desempeñándose como capataces de estas cuadrillas.

El medio de transporte utilizado eran, por lo general, camiones que trasladaban a los vecinos junto a sus herramientas: palas, chuzos, escobillones gruesos o escobas de rama de curahuilla. Con el fin de evitar que el poblador se sintiera menoscabado dentro de su propio entorno, muchas veces era trasladado a otra comuna, sin contar con beneficios mínimos como baños o lugares de resguardo frente a las inclemencias del tiempo.

En la población San Joaquín existieron al menos dos cuadrillas compuestas por diez vecinos cada una, las que arreglaron la mayoría de las plazas. En lista de espera permanecían cerca de ochenta pobladores, priorizándose a padres de familia con hijos estudiando. La Junta de Vecinos se encargaba de seleccionar a los cesantes; entre los requisitos estaban ser residente, estar casado y tener hijos, permitiéndose solo una postulación por vivienda. Esto generó tensiones, reclamos e incluso acusaciones de favoritismo hacia los dirigentes, reflejando la magnitud de la cesantía que afectaba a la población.

Como respuesta al desempleo, el gobierno mantuvo también un programa denominado Operación Invierno, que intervenía doce comunas de Santiago mediante obreros contratados por la Corporación de Obras Urbanas, encargados de supervisar tareas municipales como limpieza de desagües, retiro de escombros y aseo de alcantarillas. La comuna de San Miguel fue una de las beneficiadas con la contratación de 771 trabajadores con sueldo mínimo, pero sin previsión de salud ni cotizaciones, precarizando aún más la condición laboral.

Durante la década de 1980, ante una nueva crisis económica mundial, la dictadura mantuvo este tipo de programas, cambiando su nombre a Plan Ocupacional para Jefes de Hogar (POJH). Aunque aumentó la cantidad de personas contratadas, la productividad real seguía siendo baja, pues muchas labores consistían en trasladar piedras de un lugar a otro, limpiar reiteradamente los mismos espacios o podar nuevamente los mismos árboles, configurando un trabajo circular y simbólico más que una solución estructural al desempleo.

En este período surgió también la Federación de Sindicatos Independientes, debido a que los trabajadores de estos programas no tenían derecho efectivo a sindicalización. Sus condiciones eran extremadamente precarias: mala alimentación, ingresos equivalentes a un tercio del salario mínimo y ausencia de derechos laborales básicos. A ello se sumó la incorporación masiva de mujeres —alrededor de un 53%— al trabajo remunerado, buscando complementar los escasos ingresos familiares.

Hacia 1986, el desempleo en Santiago alcanzaba cifras dramáticas. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, 92.282 personas subsistían con $3.000 mensuales y otras 149.726 con $5.000. En total, los programas de absorción de cesantía llegaron a abarcar a casi un cuarto de millón de personas solo en la capital.

En diciembre de ese año, el gobierno decidió poner término al empleo de 1.140 trabajadores por considerarlo ineficiente y poco rentable, medida ordenada por el Ministerio del Interior y oficializada por la Intendencia de Santiago. La decisión se aplicó inicialmente en la Municipalidad de La Granja, afectando a trabajadores que reparaban calles como Camino al Observatorio y la ampliación de Avenida Santa Rosa.

Ante la pérdida de su única fuente laboral, los trabajadores decidieron organizarse. Como acto de protesta, una veintena de ellos llegó alrededor de las 9:30 de la mañana al paradero 31 de Santa Rosa y procedió a incendiar casetas con materiales y herramientas ubicadas cerca de antiguas construcciones de la Universidad de Chile. El alcalde Mario Messen solicitó la intervención de Carabineros, que reprimió la manifestación con fuerzas especiales y desvió el tránsito del sector, manteniendo además vigilancia en las inmediaciones del municipio.

Más de un centenar de trabajadores observó en silencio cómo el fuego consumía las dependencias, señalando: “Es una manera de pagarnos” y “Ni siquiera nos informaron que el programa terminaba”. Acciones similares se replicaron en distintos puntos de Santiago.

Las principales demandas de los trabajadores del POJH incluían mejoras salariales, subsidio de locomoción en microbuses en lugar de camiones, prenatal con un 70% del ingreso para embarazadas, entrega de delantales, zapatos y overoles, ayuda escolar, golosinas y juguetes de Navidad para sus hijos, y garantías de no represalias contra quienes participaran en las movilizaciones.

El PEM y el POJH dejaron una huella profunda en poblaciones como San Joaquín, no solo por la precariedad laboral que representaron, sino también porque evidenciaron las estrategias de sobrevivencia comunitaria, la organización vecinal y la esperanza de quienes, aun en condiciones adversas, buscaron sostener a sus familias y mantener la vida cotidiana en medio de una de las crisis sociales más duras del país.

 



La dictadura militar, a través del Intendente de la Región Metropolitana, brigadier general Roberto Guillar, aludió que se trataba de “violentistas que causan el caos con ayuda concertada del Partido Comunista”, señalando además que estos no podían manifestar el derecho a huelga ni presentar un pliego de peticiones, puesto que no percibían un sueldo sino un subsidio. Por lo tanto, debían regirse estrictamente por la legislación vigente y, a contar de ese día, quedaban despedidos, cancelándoseles únicamente la quincena correspondiente y ningún otro beneficio.

Estas declaraciones reflejaban con crudeza la política represiva y antisindical instaurada por la dictadura, orientada a desarticular cualquier forma de organización popular y a debilitar la capacidad de negociación de los trabajadores. La criminalización de la protesta social y la negación de derechos laborales básicos formaron parte de un proceso más amplio de transformación económica y social impuesto por la fuerza.

Al finalizar la crisis, lentamente comenzaron a abrirse algunos espacios laborales para los cesantes, otorgando una limitada sensación de estabilidad y un mínimo de dignidad al obrero chileno. Sin embargo, este proceso estuvo acompañado por la consolidación de un nuevo modelo de relaciones laborales que, con el tiempo, se profundizaría y normalizaría: la subcontratación. Este sistema fragmentó la fuerza de trabajo, precarizó las condiciones laborales y debilitó la organización sindical, efectos que, en gran medida, se proyectan hasta la actualidad.

De este modo, las medidas adoptadas durante ese período no solo respondieron a una coyuntura específica de conflictividad social, sino que sentaron las bases de una estructura laboral marcada por la desigualdad, la inestabilidad y la pérdida de derechos históricos conquistados por el movimiento obrero chileno.

Toda la información y fotografías queda a libre disposición, siempre que se mencione su fuente.





Extracto del Radio Teatro Voces con Historia de la Población San Joaquín


Fuente: Archivos de la época
Fuente: Abdulia Gómez
Fotos : Archivo personal
Macarena Vinnett





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