Chinchineros que aún visitan la Población San Joaquín
El comercio establecido en la población San Joaquín comenzó a desarrollarse en la década de 1960 y formaba parte de la planificación urbana de la propia población. En distintos puntos estratégicos se ubicó una cadena de locales comerciales compuesta por cinco espacios que dieron origen a carnicería, almacén, botillería, pescadería, panadería y verdulería. Estos lugares, además de abastecer de productos básicos a las familias, se transformaron en verdaderos espacios de encuentro, conversación y organización entre los vecinos y vecinas, fortaleciendo la vida comunitaria que caracterizaba a la población en sus primeros años.
Uno de los primeros establecimientos comerciales fue el de la señora Exilda, ubicado en Valenzuela Llanos Nº 3142. En aquellos años aún permanecía la empalizada de madera que resguardaba el entorno, reflejo de una población que recién comenzaba a consolidarse. Este negocio funcionó hasta 1973, cuando la familia debió erradicarse por razones de seguridad, luego de que a sus hijas se les tildara de allendistas en un contexto político cada vez más tenso. Posteriormente surgiría un nuevo almacén en la intersección de Alfredo Lobos con Linch, considerado uno de los primeros focos de poblamiento en San Joaquín.
Hacia 1962 comenzaron a aparecer de forma gradual nuevos locales en la calle Quipo con Armando Lira. La CORVI otorgó un plazo de cinco años para la cancelación de estas propiedades. Allí funcionaron una verdulería atendida por su dueño, el señor Armando Tiembles Ávalos; la panadería del señor Fernández; la carnicería de don Julio César Ramírez; la botillería del señor Silva; y una botica administrada por un ciudadano argentino que con el tiempo emigró de la población.
La atención al consumidor en esos años era profundamente personalizada. Funcionaba el tradicional “fiado”, mediante el cual las familias podían acceder a alimentos con plazo para pagar. Las compras se anotaban en pequeñas libretas que se cancelaban a fin de mes, sin intereses ni contratos, basándose únicamente en la confianza y el conocimiento mutuo entre comerciantes y pobladores. Esta práctica reflejaba una economía solidaria, propia de comunidades donde la sobrevivencia colectiva era más importante que la ganancia individual.
Otra singularidad del comercio de la época era la venta de productos a granel. Se solicitaban cantidades como tres cuartos de azúcar, medio kilo de arroz, un cuarto de harina o un octavo de té en hoja. Los productos se envolvían manualmente en papel café, similar al kraft, pero más delgado. En el caso de líquidos, como el aceite, este se almacenaba en grandes tambores y se extraía mediante bombas transparentes que permitían medir con exactitud el “cuarto de aceite” solicitado por el cliente.
Uno de los locales que generó mayor polémica fue la primera botica de la población. La persona a cargo no poseía título de químico farmacéutico, por lo que en 1968 la Junta de Vecinos debió intervenir al considerar que la venta de medicamentos sin la debida preparación profesional ponía en riesgo la vida de los pobladores. Sin embargo, muchos vecinos se opusieron a su cierre, argumentando que aquel “farmacéutico” era más cercano y resolutivo que un médico, reflejando la compleja relación entre necesidad, confianza y precariedad en el acceso a la salud.
Con el paso de los años, varios de estos locales desaparecieron, dando paso a nuevas formas de comercio asociadas a la modernización. Actualmente, en ese sector se encuentra el supermercado ERBI, símbolo de los cambios económicos y sociales que transformaron la vida cotidiana de la población.
Uno de los locales más recordados fue el “Cabeza de Peso”, ubicado en 7 Sur con Valenzuela Llanos, propiedad de don Hernán Leiva. Allí se expendían bebidas alcohólicas y, en reiteradas ocasiones, su funcionamiento fue motivo de discusión dentro de la Junta de Vecinos, que lo calificaba como “antro del vicio”. No obstante, para muchos deportistas era un punto de encuentro, pues muy cerca funcionaban improvisadas canchas de tierra que reunían al mundo del fútbol barrial. Después de cada partido, era casi una tradición pasar por una pilsener o una malta bien helada, integrando deporte, sociabilidad y vida cotidiana.
En torno a esta propiedad también surgieron diversos mitos populares. Tras la muerte de su dueño, algunos vecinos afirmaban escuchar ruidos extraños, ver luces encendidas sin moradores o constatar que ningún nuevo negocio lograba prosperar por más de dos meses. No resulta casual que varios de esos locales permanecieron cerrados décadas y que, pese a múltiples intentos de venta, no hayan encontrado compradores en esos años. Actualmente en esos locales existe una botillería, carnicería y un local de comida rapida.
Paralelamente, otros tipos de comercio se hicieron presentes en la población, como los semaneros, vendedores que recorrían las calles ofreciendo artículos para el hogar sábanas, planchas, tinas de lata o artezas de madera pagaderos en cuotas semanales. Este sistema también se basaba en la confianza, pues bastaba con entregar el nombre y la dirección de la dueña de casa para acceder al crédito.
Asimismo, se desarrolló el comercio callejero: vendedores de escobas hechas con ramitas de curahuilla, plumeros de plumas de ganso teñidas de colores. Personajes comjo Juanito y Medio, (recordado por su gran estatura) vendia el cloro por litros, Don Hugo Castro más concoido como el quierequiere, vendia frutas y verduras en su tipico carro. Estas figuras formaron parte del paisaje cotidiano y de la economía popular que sostenía a muchas familias.
La venta de carbón y parafina fue igualmente fundamental, debido a su bajo costo y utilidad doméstica. Destacó la carbonería de don Juan Sánchez, en Valenzuela Llanos con Quirihue, conocido como “El Cochino” por andar siempre tiznado de carbón, oficio que ejerció hasta el final de sus días.
También los chinchineros, acompañados de su organillo y muchas veces de un loro, llegaban periódicamente a la población, llenando las calles de música y nostalgia. Los vecinos solían agradecer su arte lanzando monedas desde los balcones, gesto que los músicos recogían levantando su sombrero, en una escena profundamente arraigada en la memoria popular.
Con el paso del tiempo, muchos de estos oficios y formas de comercio han ido desapareciendo. Sin embargo, todos ellos constituyen parte esencial de la identidad de la población San Joaquín y representan un valioso testimonio de organización comunitaria, economía solidaria y vida barrial que marcó el desarrollo histórico del territorio.
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Extracto del libro y radio Teatro Voces con Historia de la Población San Joaquín
Fuente: Leopoldo Sarmiento
Fotos: imágenes de la WEB


