Los primeros transportes públicos en Chile se originan a
principios del siglo XVII. Solo un sector más acaudalado de la élite criolla
contaba con este medio de traslado, que consistía en una especie de cajón con
ruedas, forrado en cuero y de tracción animal. Estos carruajes se encontraban
finamente decorados, muchas veces en armonía con las fachadas de sus casas,
demostrando así la alcurnia y posición social de los señores de la época.
Posteriormente,
hacia 1857, comienza la movilización colonial en Santiago gracias al ingeniero
inglés Wallace Buchnan, quien construyó la primera carrocería que comenzó a
transitar por las calles de la ciudad el 10 de julio de ese año. A medida que
la población de la capital fue creciendo, también lo hizo la necesidad de
transporte: hacia 1870 ya existían alrededor de 1.400 birlochos vehículos más
ligeros con dos asientos tirados por caballo y coches de mayor tamaño que
trasladaban a los habitantes de entonces.
Más adelante,
el 15 de septiembre de 1945, se crea la primera empresa estatal conocida como
Empresa de Transportes Colectivos del Estado (ETCE), dando origen a los
tranvías y pasando a su administración 488 carros que eran operados
directamente por la compañía eléctrica Chilectra. Este sistema llegó a su fin
el 19 de diciembre de 1952, dando paso a los trolebuses, conocidos popularmente
como “trole” o “trolley”, cuyo funcionamiento también dependía de la
electricidad, pero a través de cables superiores.
En la
población San Joaquín, a medida que fueron llegando nuevos habitantes,
comenzaron a aparecer las primeras máquinas de transporte público. En 1962
arriba por primera vez la locomoción colectiva con la libre Nº 20 Eduardo
Castillo Velasco. El empresario Juan Lobos trajo una partida de treinta libres
para responder a las necesidades de traslado de la creciente población. Su
paradero se ubicó inicialmente en la calle Valenzuela Llanos con Carlos
Valdovinos y posteriormente, la garita conocidas en ese entonces como refugio
se trasladó a la intersección de Mariquina con Central, debido al gran número
de pasajeros provenientes de la población La Victoria.
El transporte
en aquellos años era escaso, por lo que fueron llegando nuevos recorridos: la
micro 38-B Matadero Palma y la 55-A, que mantuvo su paradero en Mariquina con
Armando Lira, ubicando su garita en el lugar donde hoy se encuentra la sede del
club deportivo Antorcha. En 1972, el empresario Demetrio Marinakis (padre) se
comprometió a incorporar un nuevo recorrido: La Ovalle-Negrete, cuya variante
incluía Valenzuela Llanos y Marinero Caro (actual Dos de Abril), uniendo las
poblaciones San Joaquín y La Victoria. Otros recorridos importantes fueron la
Nº 19 Vivaceta-Plaza Egaña-La Palmilla y la Nº 35 San Eugenio-Recoleta, cuya
parada se situaba en la calle Belén, frente a la Tenencia de Carabineros. Sin
embargo, con el paso del tiempo, muchos de estos servicios fueron
desapareciendo.
Cabe destacar
que entre 1965 y 1966 los pobladores utilizaron por un breve período otro medio
de transporte: los llamados “trenes populares”, cuyo recorrido iba desde
Estación Central hasta Irarrázaval (Ñuñoa). Estos transitaban por el sector
conocido como la Carretera de los Pobres (actual Isabel Riquelme) y contaban
con paradas en Bascuñán, Club Hípico y Sierra Bella, hasta llegar al terminal
de la Estación Ñuñoa, donde se encontraba la antigua bodega Santa Helena.
Ya en la década de 1980 aparece un nuevo recorrido que marcaría
profundamente la vida cotidiana del sector: la micro Nº 419. Esta ingresaba a
la población por Carlos Valdovinos y Central, ubicando su paradero en Mariquina
con Central. Su trayecto permitía llegar hasta el corazón de Santiago, en plena
Plaza de Armas, continuando luego hacia el sector oriente hasta Las Condes,
atravesando prácticamente tres comunas y conectando a los vecinos con sus
lugares de trabajo, estudio y comercio.
Este paradero
permaneció activo hasta el año 2007, en el mismo lugar donde décadas antes se ubicará
la histórica libre Nº 20 Eduardo Castillo Velasco. Cuando se informó el retiro
definitivo de la 419, la población completa se movilizó en señal de protesta:
vecinos y vecinas salieron de sus casas y marcharon por las calles del sector
para defender un servicio que había sido parte de su historia cotidiana. Sin
embargo, aquello no fue suficiente, ya que el 10 de febrero de 2007 se
implementó un nuevo modelo de transporte metropolitano: el Transantiago,
transformando radicalmente la forma de movilizarse en la ciudad.
El 29 de
julio de 1981 había comenzado también otra modalidad de transporte más pequeño:
los colectivos 107 Llano Subercaseaux, cuyo paradero inicial estaba en la calle
La Marina. Con el tiempo, su radio de acción se amplió hasta llegar a la
población San Joaquín, permitiendo trasladar a los vecinos hacia la Gran
Avenida, frente al Hospital Barros Luco.
Finalmente,
el 7 de octubre de 1990 se inauguraron los colectivos Aduana, que transportaban
a los habitantes de la población San Joaquín hasta el bandejón central de la
Alameda con Amunátegui. Sus gestores fueron Juan Carlos Rivera y Miguel Soto,
quienes contribuyeron a mejorar la conectividad del sector en una etapa clave
de crecimiento urbano.
Actualmente,
y después de una larga lucha de los vecinos y vecinas, existen nuevos
recorridos de locomoción colectiva que han significado un avance concreto en la
conectividad del sector. Entre ellos destaca el recorrido 345, que traslada a
los pobladores hasta Estación Central, constituyendo un gran aporte, ya que
anteriormente no existía un servicio directo hacia ese importante punto de la
ciudad. A esto se suma la micro H-4, que transporta a los vecinos hacia el
sector de la Gran Avenida, a pocos pasos del Hospital Barros Luco, facilitando
el acceso a servicios de salud, comercio y trámites cotidianos.
Posteriormente,
el 2 de noviembre de 2017, llega la Línea 6 del Metro de Santiago, favoreciendo
de manera inimaginable la calidad de vida de los pobladores de San Joaquín.
Este nuevo medio de transporte permitió reducir significativamente los tiempos
de traslado, mejorar la conexión con distintos puntos de la capital y abrir
nuevas oportunidades laborales, educacionales y culturales para la comunidad.
Estos avances
en materia de transporte no solo representan una mejora en la infraestructura
urbana, sino también el resultado de años de organización y esfuerzo colectivo
de los habitantes del territorio, quienes históricamente han debido levantar
sus demandas para ser escuchados. La llegada de nuevos recorridos y del metro
marca así una etapa de mayor integración de San Joaquín con el resto de la
ciudad, reafirmando la importancia de la participación comunitaria en la
conquista de mejores condiciones de vida.
La historia de la micro 419 y de los distintos medios de
transporte que han pasado por la población San Joaquín no solo habla de
recorridos y máquinas, sino también de la vida diaria de sus habitantes, de sus
luchas por una mejor conectividad y de la memoria colectiva que permanece en
cada paradero, en cada calle y en cada viaje compartido.
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