El triciclo de tres ruedas se crea aproximadamente en 1828 y su
nombre proviene de la palabra griega tri.
Cabe resaltar que en sus inicios era un juguete a pedal para niños,
económicamente inasequible y muy elitista. Con el paso de los años, su uso se
fue masificando y popularizando, transformándose en uno de los juegos
predilectos de la infancia.
En cambio, el
monopatín fue inventado a comienzos del siglo XX en Europa. Consistía en una
tabla de madera unida a dos ruedas de metal y una manija que hacía de manubrio
direccional; estos también fueron conocidos como “patines del diablo”. A
comienzos de los años 60 se masificó el uso de monopatines en Chile,
convirtiéndose en un símbolo de diversión callejera y encuentro entre vecinos.
Cabe destacar
que en la década de 1960 el triciclo era uno de los medios de transporte
favoritos de los niños y niñas de la población San Joaquín. Posteriormente
llegaron los monopatines y las bicicletas, ampliando las posibilidades de
juego, desplazamiento y convivencia en los espacios comunes, especialmente en
plazas, veredas y calles tranquilas donde la comunidad se reunía a compartir.
Don Alejandro
Pizarro, instaló en la calle Valenzuela Llanos un novedoso sistema que
consistía en arrendar estos juegos por una hora a muy bajo precio por vuelta,
permitiendo que muchos niños y niñas que no podían tener uno propio accedieran
igualmente a la diversión. Este servicio no solo fomentaba el juego, sino
también la amistad, el cuidado compartido y el sentido de pertenencia al
barrio.
Otro ícono
fue el señor Manuel Silva, quien hacia fines de la década de 1960 incorporó una
nueva entretención para jóvenes y niños de la población: un juego en equipo
llamado “taca-taca”. Su local estaba ubicado en la calle Simón González, frente
a la Junta de Vecinos Nº 4, y posteriormente se trasladó a los locales
comerciales que hoy se encuentran en ese lugar. Este espacio se convirtió en un
punto de encuentro social, donde además de jugar se conversaba, se formaban
amistades y se fortalecía la vida comunitaria.
Con el paso
del tiempo, estas iniciativas simples pero significativas quedaron grabadas en
la memoria colectiva de la población, recordándonos una época en que la calle
era un lugar seguro de juego, solidaridad y encuentro entre generaciones,
elementos fundamentales en la construcción de la identidad barrial.
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