El circo representa parte fundamental de la
cultura humana. En los orígenes de la humanidad, la cultura corporal conformaba
un todo inseparable entre arte, juego y ritual. Así, las primeras
manifestaciones circenses estuvieron ligadas a acrobacias como el
contorsionismo y el equilibrismo; posteriormente se incorporaron la danza, el
teatro, la magia y la música, dando forma al espectáculo integral que hoy
conocemos.
En Chile, la historia del circo se remonta a
más de un siglo. Se sitúa aproximadamente en 1885, cuando la familia de los
hermanos Pacheco llegó desde el extranjero a Valparaíso e inauguró el primer
circo chileno, aunque ya desde comienzos del siglo XIX existían presentaciones
ecuestres, números gimnásticos y espectáculos itinerantes.
Con el paso del tiempo surgieron grandes compañías nacionales como Las Águilas
Humanas, Los Tachuela, Los Caluga, Los Farfán y otras familias circense que
consolidaron una tradición transmitida de generación en generación y
profundamente arraigada en la cultura popular del país.
El circo chileno ha alcanzado tal relevancia
cultural que el primer sábado de septiembre fue declarado oficialmente como el
Día Nacional del Circo, reconociendo su aporte artístico y social. Además, en
2025 el Circo de Tradición Familiar en Chile fue inscrito por la UNESCO como
Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, destacando su valor histórico,
comunitario y su transmisión de saberes entre generaciones.
En la población San Joaquín, en agosto de
1966, llegó por primera vez el circo Amazona, instalándose a un costado de la
Escuela 30. Era un circo humilde que realizó funciones los días 11, 12 y 13 de
agosto. Posteriormente, los dirigentes vecinales solicitaron una función
extraordinaria para el 19 de agosto en beneficio de la Junta Central de
Vecinos.
El tesorero, señor Misael Mella, informó en
una cuenta pública que la recaudación por concepto de entradas alcanzó los
8.437 escudos; una parte se destinó a la impresión de volantes de promoción y
el resto ingresó a las arcas de la tesorería vecinal, contribuyendo al
desarrollo comunitario.
En los sitios eriazos entre calle Dos de Abril
y Mariquina donde hoy se ubica la plaza Venezuela también se instaló otra
carpa, orientada a público adulto y dedicada principalmente a espectáculos
musicales con artistas de la época. Entre ellos destacó Alfredo Fuentes,
conocido como “Pollo” Fuentes, cuya presencia causó gran expectación, aunque
muchos padres no autorizaban la asistencia de sus hijas debido al carácter
adulto de las presentaciones.
Por lo general, estas carpas permanecían en la
población no más de dos semanas. Algunos vecinos criticaban su instalación por
la falta de seguridad en los tablones que servían de graderías. Aun así, los
artistas y trabajadores que vivían en rudimentarias casas rodantes— establecían
una relación cercana con la comunidad.
La llegada del circo constituía uno de los
acontecimientos más importantes para la población, reuniendo a familias
completas en torno a la alegría, la fantasía y el asombro. Con el paso de los
años, esta hermosa tradición fue desapareciendo; la última vez que se vio
nuevamente una carpa circense en San Joaquín fue alrededor del año 2000, esta
vez junto a la Escuela 30, dejando en la
memoria colectiva el recuerdo de una época en que el circo era sinónimo de
encuentro comunitario y celebración popular.
“Toda la
información queda a libre disposición, siempre que se mencione su fuente.”
