En esta época, y tras el viciado plebiscito de 1980, en Chile
comenzaron a evidenciarse cambios sustanciales en los ámbitos político, social
y cultural. Estos procesos dieron origen a una nueva generación de jóvenes
decididos a enfrentar la dictadura desde distintos frentes, ya fuera en el
activismo territorial, en las universidades, en las poblaciones o a través del
arte.
El denominado
“apagón cultural”, que marcó los primeros años del régimen y que se caracterizó
por la censura, la persecución y la represión contra artistas, intelectuales y
movimientos culturales, comenzó paulatinamente a resquebrajarse. La prohibición
de canciones, la quema de libros, el exilio de creadores y el control estricto
de los espacios públicos no lograron silenciar del todo la expresión popular.
Por el contrario, la cultura se transformó en un espacio de resistencia.
En esos años
se realizaron las primeras peñas en Santiago, muchas de ellas organizadas en
parroquias, sedes sociales y universidades, donde la música y la poesía se
convirtieron en herramientas de denuncia y memoria. Apareció con fuerza el
teatro callejero, que ocupó plazas y paseos peatonales para interpelar a la
ciudadanía. En el Paseo Ahumada retomaron el canto los cantores populares,
interpretando canciones prohibidas durante la dictadura y recuperando la
tradición de la trova y la canción comprometida.
Asimismo,
surgieron nuevos grupos musicales cuyas letras y melodías tenían un claro
contenido político y social. Estas agrupaciones no solo cuestionaban el modelo
impuesto por el régimen, sino que también daban voz a las problemáticas
cotidianas: la cesantía, la represión, la pobreza y la falta de libertades. La
música, el teatro, la literatura y las artes visuales se transformaron en
espacios de encuentro y organización, fortaleciendo la conciencia crítica y la
solidaridad.
De esta manera, la cultura dejó de ser únicamente una expresión
artística para convertirse en un acto político. En medio de la censura y el
miedo, floreció una resistencia creativa que aportó significativamente al
proceso de reorganización social y a la recuperación de la memoria histórica,
sentando las bases para las movilizaciones que marcarían la década de 1980.
Cabe resaltar que una de las primeras peñas abiertas al público se llamó “Peña Onda Latina”, local ubicado en Huérfanos N.º 2848, en pleno centro de Santiago. Este espacio cultural se transformó rápidamente en un punto de encuentro para jóvenes, artistas y dirigentes sociales que buscaban mantener viva la música popular y la reflexión política en tiempos de fuerte represión.
El 12 de junio de 1980, a las 21:30 horas, el recinto fue allanado por un contingente policial, resultando 98 comensales detenidos. El operativo se produjo debido a que parte del público estaba compuesto por dirigentes estudiantiles de la Universidad Técnica del Estado (UTE), actualmente Universidad de Santiago de Chile (USACH). Los jóvenes se habían reunido en ese lugar para manifestar su solidaridad con estudiantes de la misma universidad a quienes se les había cancelado la matrícula por razones políticas.
Todos los detenidos fueron trasladados a la Primera Comisaría; sin embargo, las mujeres fueron derivadas a la Novena Comisaría, ubicada en Avenida La Paz. Durante varias horas permanecieron incomunicados, generando preocupación entre sus familiares y cercanos, quienes denunciaron el procedimiento como una acción arbitraria destinada a amedrentar la organización estudiantil.
Cabe destacar que la orden del operativo fue emanada por Sergio Fernández, quien en ese entonces se desempeñaba como ministro del Interior de la dictadura militar. Posteriormente, 22 estudiantes fueron relegados a la isla de Chiloé como medida de castigo, una práctica frecuente en la época para desarticular movimientos opositores y sembrar temor entre la población.
Este episodio se inscribe en un contexto de creciente represión política, especialmente durante el proceso previo al plebiscito constitucional de 1980, cuando las manifestaciones culturales y los espacios de encuentro social eran vigilados y, en muchos casos, intervenidos por las autoridades.
Posteriormente nació el emblemático y hoy desaparecido Café del Cerro, ubicado en calle Ernesto Pinto Lagarrigue Nº 192, en el sector del barrio Bellavista. Este espacio cultural dio cabida a numerosos trovadores y artistas de oposición de aquellos años, como Óscar Andrade, Isabel Aldunate, Eduardo Peralta, Schwenke & Nilo, Mauricio Redolés y la banda Congreso, entre otros exponentes de la Nueva Canción y del canto popular comprometido.
El café era un lugar pequeño y acogedor. En sus mesas, la tenue luz de las velas encandilaba el ambiente, otorgándole un carácter íntimo y cómplice, propicio para citas, tertulias y reuniones de personas con pensamiento de izquierda y aires libertarios, en abierta resistencia cultural frente a la dictadura. Más que un simple local nocturno, el Café del Cerro se convirtió en un refugio para la expresión artística y política, donde la música, la poesía y la conversación crítica circulaban con libertad.
Allí llegaban estudiantes universitarios —especialmente de la Universidad de Chile— debido a la cercanía con la entonces Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. El espacio funcionó como punto de encuentro intergeneracional, articulando redes de solidaridad y reflexión en un contexto de censura, persecución y control social. En sus escenarios se forjaron vínculos, se difundieron canciones prohibidas y se fortaleció una identidad cultural de resistencia que marcó a toda una generación.
De esta manera, el Café del Cerro no solo fue un recinto artístico, sino también un símbolo de la vida cultural alternativa durante los años más complejos del país, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva.
En el sector de la Avenida Matta, en Arturo Prat Nº 935, ya se encontraba instalada la Casa Kamarundi, un espacio cultural alternativo dirigido por el actor y poeta Manuel Escobar, más conocido como el payaso Tilusa, “el hombre de las palomas”.
Tilusa, reconocido como “el payaso triste”, se presentaba principalmente los días jueves junto a su inseparable muñeca Alejandrina. Esas jornadas pasaron a conocerse como los “Jueveseando”, instancias en las que desplegaba una poesía de profundo contenido social. A través del humor, la ternura y la crítica, interactuaba con el público y reflexionaba sobre la realidad chilena de aquellos años, marcados por la censura, la represión y la precariedad cultural.
La Casa Kamarundi no fue solo un escenario artístico, sino también un punto de encuentro para creadores, pobladores y jóvenes que buscaban espacios de expresión en tiempos difíciles. Allí confluyeron el teatro, la música popular y la poesía comprometida, convirtiéndose en un pequeño refugio cultural en medio de la adversidad.
Tras el fin de la dictadura, la Casa Kamarundi logró subsistir algunos años más; sin embargo, en 1992 cerró definitivamente sus puertas. Ese mismo año, Manuel Escobar, Tilusa, falleció a causa de una septicemia aguda. Su partida dejó un vacío en el mundo cultural alternativo, pero su legado permanece en la memoria de quienes encontraron en su arte una forma de resistencia y esperanza.
En relación con el teatro, Andrés
Pérez (actor, coreógrafo y dramaturgo chileno) fue uno de los
principales artífices del teatro callejero en Chile. En 1980 fundó el TEUCO (Teatro Urbano Contemporáneo), llevando por
primera vez el teatro a las calles de comunas populares en plena dictadura.
Esta iniciativa constituyó una forma directa y valiente de acercar el arte al
pueblo, en un contexto sociopolítico donde se estaban violando sistemáticamente
los derechos humanos en el país.
Ese mismo
año, la compañía comenzó a presentarse en espacios abiertos con una obra de
corta duración (aproximadamente 20 minutos), ya que debían retirarse
rápidamente del lugar para evitar la represión policial. La obra, titulada “El viaje de José y María a Belén y lo que aconteció en el camino”,
fue representada en poblaciones, plazas y ferias libres, generando gran impacto
entre los vecinos. En más de una ocasión, su director y los actores (todos
egresados de la Universidad de Chile)
fueron detenidos por fuerzas de seguridad, evidenciando el clima de persecución
que afectaba a las expresiones culturales disidentes.
El teatro
callejero, en este período, no solo fue una manifestación artística, sino
también un acto de resistencia cultural. En medio del denominado “apagón
cultural”, las intervenciones del TEUCO lograron romper el cerco informativo y
simbólico impuesto por la dictadura, transformando la calle en un espacio de
denuncia, memoria y encuentro comunitario.
Posteriormente,
la trayectoria de Andrés Pérez alcanzaría uno de sus hitos más significativos
con la creación de La Negra Ester, obra
que marcaría profundamente la historia del teatro chileno por su lenguaje
popular y su conexión con la identidad cultural del país.
En 1987,
setenta y ocho connotados actores y dramaturgos chilenos fueron amenazados de
muerte por un grupo autodenominado “Comando 135 de la Acción Pacificadora
Trizano”, vinculado a la ultraderecha chilena. Estas amenazas generaron amplio
repudio nacional e internacional. En ese contexto, el 30 de noviembre de ese
mismo año llegó a Chile el actor estadounidense Christopher
Reeve, reconocido mundialmente por su papel en Superman, quien manifestó públicamente su
solidaridad con los artistas amenazados y su preocupación por la situación de
los derechos humanos en el país.
Estos hechos reflejan cómo el arte y la cultura se transformaron
en herramientas de resistencia y denuncia durante uno de los períodos más
oscuros de la historia reciente de Chile, demostrando que el teatro, incluso en
las condiciones más adversas, puede convertirse en un acto profundamente
político y liberador.

La música fue otro componente fundamental que ayudó a concientizar
al pueblo chileno durante este período. En medio de la represión, la censura y
el llamado “apagón cultural”, comenzaron a surgir distintos grupos musicales
con una clara postura de oposición a la dictadura, congregando a miles de
jóvenes en sus presentaciones y transformando cada recital en un espacio de
encuentro, resistencia y expresión colectiva.
En la década
de los 80 emergieron diversos movimientos musicales como el punk, el heavy
metal y el resurgimiento del rock. En este último destacaron bandas como Los Prisioneros, Fulano
y Tumulto, que, desde distintas propuestas
sonoras, retrataron el malestar social, la cesantía, la desigualdad y la falta
de libertades. Sus letras se transformaron en verdaderas crónicas de una
generación que creció bajo el autoritarismo.
En ese mismo
contexto apareció Fiskales Ad-Hok, banda
punk que desafió de manera directa a la dictadura a través de letras crudas,
irónicas y contestatarias. Uno de sus primeros integrantes fue Polo Sarmiento,
poblador de San Joaquín, lo que evidencia cómo desde las poblaciones también se
gestaba un movimiento cultural profundamente político. El nombre “Fiskales
Ad-Hok” hacía referencia crítica al cargo de “fiscal ad hoc” que la dictadura
determinó y asignó en esos años al general Fernando
Torres Silva, figura ligada a la justicia militar del régimen,
transformando así el propio nombre de la banda en un gesto de denuncia.
Las tocatas
de la época no solo eran eventos musicales, sino también actos de resistencia.
Uno de los espacios más emblemáticos fue el El
Trolley, ubicado en San Martín Nº 841, en Santiago. Allí se realizaron
presentaciones que marcaron a toda una generación. En una de las tocatas más
importantes se conjugaron la energía punk de Fiskales Ad-Hok con la poesía y la
crítica social de Mauricio Redolés,
demostrando cómo distintas expresiones artísticas convergían en un mismo
espíritu de rebeldía.
De esta manera, la música se convirtió en un canal de denuncia,
memoria y organización. Más allá del entretenimiento, fue un vehículo de
identidad y conciencia política que acompañó el proceso de resistencia
cultural, fortaleciendo el tejido social y manteniendo viva la esperanza de
cambio en los años más oscuros del país.
En el año 1984 se realizó el primer festival punk de carácter
abiertamente subversivo en el Garage Matucana, organizado por la banda Pinochet Boys. Este evento marcó un hito dentro
de la escena contracultural de la época, ya que se desarrolló en pleno contexto
de dictadura, cuando cualquier manifestación juvenil contestataria era vigilada
y, muchas veces, reprimida. Tras aquella presentación, la sala de ensayo del
grupo fue allanada por fuerzas policiales, reflejando el clima de persecución
que enfrentaban las expresiones artísticas consideradas disidentes.
El punk, más
que un estilo musical, se transformó en un espacio de resistencia para muchos
jóvenes que veían cerrados los canales tradicionales de participación. A través
de letras directas, crudas y cargadas de crítica social, estas bandas
denunciaban la represión, la desigualdad y la falta de libertades. Sus
conciertos no solo eran espectáculos musicales, sino también puntos de
encuentro y articulación para una generación que buscaba expresar su
descontento frente al régimen.
Las
presentaciones de estas bandas se realizaban, por lo general, en espacios
alternativos y muchas veces autogestionados, como la Sala Lautaro, el Garage
Matucana, el Gimnasio Manuel Plaza, el Trolley y el Anfiteatro San Miguel, por
mencionar algunos de los principales lugares de reunión. Estos recintos se
convirtieron en verdaderos núcleos de la cultura underground santiaguina, donde
convergían distintas corrientes artísticas, desde el punk y el new wave hasta
el teatro experimental y la performance.
En medio de la censura y el llamado “apagón cultural”, estos
espacios representaron pequeñas trincheras culturales que permitieron mantener
viva la creación artística independiente y el espíritu crítico de la juventud
de aquellos años.
Pinochet Boys fue también
uno de los grupos punk antifascistas más provocadores de la época. Con su
irreverente nombre desafiaban abiertamente a la dictadura, convirtiendo cada
presentación en un acto de resistencia cultural. Sus actuaciones solían ser
interrumpidas por efectivos de Carabineros; eran acosados, vigilados y
amenazados de manera constante. Sin embargo, pese a la represión, lograron
mantenerse activos durante tres años en la escena clandestina, hasta que
finalmente fueron obligados por la dictadura a abandonar el país.
En más de una
oportunidad, los Pinochet Boys se presentaron en el Garage Internacional de Matucana 100, espacio que en aquellos
años funcionaba como un verdadero refugio para la contracultura. Hasta allí
llegaban cientos de jóvenes de distintos estilos y clases sociales: poetas,
actores, pobladores, estudiantes y hippies, todos unidos por una misma necesidad
de expresión y rebeldía frente al contexto político.
El ambiente
era una explosión estética. Entre zapatillas North Star blancas y bototos (símbolo de vanguardia para la década) circulaban jóvenes con cabellos engominados al
estilo mohicano, cuyo mechón frontal solía estar decolorado con tonos intensos
y llamativos. Las mujeres también marcaban presencia con una estética diversa:
algunas vestían linos y morrales artesanales; otras optaban por el negro
riguroso, inspirado en el naciente estilo gótico. La moda no era solo
apariencia, sino una declaración política y cultural.
Las
performances realizadas por mujeres artistas constituían otro hito dentro del
Garage. Resulta imposible olvidar aquella presentación en la que un grupo de
actrices, vestidas de monjas, dejó ver sus cuerpos semidesnudos sobre el
escenario como una forma de denunciar la represión ejercida por sectores del
clero y el control moral impuesto sobre las mujeres. El arte se transformaba
así en una herramienta directa de cuestionamiento social.
Las murallas
del recinto estaban pintadas de blanco, pero no por casualidad: sobre ellas se
pegaban cientos de afiches con clara tendencia izquierdista, convirtiendo el
lugar en un verdadero mural de consignas contra la dictadura. Por esta razón,
en la esquina de la Alameda con Matucana era habitual ver apostado un
contingente de Carabineros. En numerosas ocasiones irrumpieron en el Garage
realizando controles de identidad y deteniendo a jóvenes que manifestaban
abiertamente su rechazo al régimen.
Cabe resaltar
que el espacio de Matucana era administrado por Jordi Lloret, quien impulsó una
nueva apuesta intelectual y cultural. Bajo su gestión se llevó a cabo la
primera Bienal en 1987, mientras que la más masiva se realizó en 1989. En esos
encuentros convergieron nuevos estilos musicales y artísticos, entre ellos el
new wave y el electropop, aunque siempre atravesados por una mirada crítica y
antifascista. Aquellas instancias consolidaron el lugar como un núcleo de
resistencia cultural en los años finales de la dictadura.
En los años 80 reapareció en la escena nacional un grupo musical
que en 1975 se llamó Antuauca (“Sol
Rebelde”, en mapudungun) y que posteriormente, en 1978, pasó a denominarse Sol y Lluvia. Influenciado por la música
del canto contestatario y la tradición de la Nueva Canción Chilena, el conjunto
se consolidó con temas como “Para que
nunca más”, “Adiós General” y “Un largo tour”.
En sus
inicios, estas canciones circulaban principalmente en cintas de casete copiadas
de manera artesanal y difundidas de forma clandestina, en un contexto marcado
por la censura y la represión cultural. A pesar de las dificultades, su música
logró expandirse con fuerza, convirtiéndose en una voz de denuncia y esperanza
para amplios sectores de la población.
El grupo
comenzó a presentarse en universidades, parroquias, actos solidarios y
distintas poblaciones de Santiago, donde sus canciones se transformaron en
verdaderos himnos contra la dictadura. Sus letras, cargadas de contenido social
y político, conectaron especialmente con una juventud que buscaba espacios de
expresión frente al denominado “apagón cultural” de la época.
En ese mismo
escenario emergió también una banda de rock proveniente de la zona sur de
Santiago: Los Prisioneros. Con un
estilo directo y letras críticas, el grupo no dejó indiferente a la juventud
chilena. Canciones como “El baile de
los que sobran” y “La voz de
los 80” se convirtieron en retratos generacionales, cuestionando
las desigualdades sociales y el modelo impuesto en aquellos años.
De este modo, tanto Sol y Lluvia como Los Prisioneros aportaron,
desde distintos estilos musicales, a la construcción de una memoria cultural de
resistencia, donde la música no solo fue arte, sino también una herramienta de
conciencia y movilización social.
En la década de los años 80, especialmente durante los meses de
verano, se realizaba en el sector de Plaza Italia (actual Plaza Baquedano) la denominada “Semana de
Bellavista”, más conocida como el Festival de Bellavista. Esta actividad
cultural se transformó en un verdadero hito para el barrio y en un espacio de
encuentro y resistencia en tiempos complejos para el país.
Bellavista era, por entonces, punto de reunión de músicos,
escritores, artesanos y connotados actores y actrices. No era extraño ver a María Izquierdo caminando por la calle Pío Nono,
mezclada entre el público, compartiendo de manera sencilla con quienes
recorrían el sector. El ambiente tenía un aire bohemio y fraterno, donde el
arte se manifestaba sin grandes escenarios ni producciones, sino directamente
en la calle.
El festival
se desarrollaba prácticamente en las veredas. Al caminar por Pío Nono, Chucre
Manzur o Dardignac, se podían observar los bellos trabajos de artesanos que, a
través de la orfebrería, el tallado en madera y diversas disciplinas
artísticas, retrataban a figuras como Violeta
Parra o Víctor Jara. También
abundaban los puestos de libros, grabados y pinturas, que recreaban un ambiente
festivo cargado de contenido social y memoria histórica.
Un punto
central de encuentro era la plaza Camilo Mori, desde donde se contemplaba el
castillo Lehuedé, más conocido como la “Casa Roja”. Allí llegaban cantores
populares con su guitarra en mano y solían interpretar temas clásicos de Silvio Rodríguez. La multitud se reunía en un
solo coro para cantar viejas canciones revolucionarias, mientras las
expresiones teatrales y performances callejeras daban vida a la pequeña
plazoleta. Era un espacio donde el arte y la palabra se convertían en formas de
resistencia cultural frente al llamado “apagón cultural” que marcó aquellos
años.
Muy cerca de
ese lugar, en la calle Constitución, se encontraban dos sitios emblemáticos.
Uno de ellos era la casa de Pablo Neruda,
conocida como La Chascona, llamada así en
honor a Matilde Urrutia por su rebelde
cabellera. El otro era la Casa de la Constitución, un espacio representativo
para los jóvenes rockeros, donde se proyectaban videos musicales de artistas
como Jimi Hendrix, The Doors, Janis
Joplin y Led Zeppelin.
De esta manera, Bellavista se transformaba cada verano en un territorio de expresión libre, donde convergían la trova, el rock, el teatro y la artesanía. Más que un simple festival, la Semana de Bellavista fue una experiencia colectiva que permitió mantener viva la creación artística y el espíritu crítico en una época marcada por la censura y la represión, consolidando al barrio como un referente cultural y simbólico de Santiago.


Otro lugar que no dejaba indiferente a nadie por su calidez, era la disquería de Eduardo Gatti ubicada en Antonia Lope de Bello con Constitución.
Con el tiempo supe que era una poeta de la generación de los 50 amiga de Lihn, Neruda, Jodorosky, además se le conocía como una mujer de carácter y buena para el pugilato que ella provocaba.
Qué pasó en la población San
Joaquín.
También reconocemos el trabajo del connotado maestro Abril,así como también a otro maestro y compositor nacional Nino García, pero especialmente evocaremos el trabajo del grupo de raíz folclórica Hamaycan que nace en la parroquia San Mateo de nuestra población, cuyo origen data del 27 de julio de 1976 en dónde su notable desarrollo lo ha llevado a grandes escenarios nacionales cómo internacionales.
Estos grupos rescataban lo esencial del folclore tradicional, sin embargo en este caminar van a parecer, jóvenes con otras inquietudes artísticas e incluso más politizadas entre ellos encontraremos a poetas, muralistas, pintores, músicos, videistas y actores todos autodidactas, pero con inquietudes políticas que a través del arte y la cultura fueron denunciando las sistemáticas violaciones de los DDHH que acontecían en país.
Estos grupos rescataban lo esencial del folclore tradicional, sin embargo en este caminar van a parecer, jóvenes con otras inquietudes artísticas e incluso más politizadas entre ellos encontraremos a poetas, muralistas, pintores, músicos, videistas y actores todos autodidactas, pero con inquietudes políticas que a través del arte y la cultura fueron denunciando las sistemáticas violaciones de los DDHH que acontecían en país.
Dentro de la poesía, él Chino Montoya tuvo una apuesta muy significativa como fueron los cafés literarios que a través de un Kiosco armable se iba trasladando de población en población, de comuna en comuna llevando la poesía política social como fue la Odiesa del Mapocho que relataba a través de poemas los hechos acontecidos por mujeres de ANDHA en la rivera del río Mapocho en en el año 2009, como así también Carta Andre Jarlán, cura asesinado en una jornada de protesta en la población La Victoria 1984, además de muchos lirismos que le hacían llegar a través de llamadas telefónicas y salían por las ondas radiales como era el caso de la Sra. Estela Iglesias u otros escribían desde la cárcel de alta seguridad o de la penitenciaria su lírica ante ésto él Chino aludía "nosotros entramos a las cárceles sin permiso,cruzamos los barrotes y nos preparamos para compartir un mate" .
Estos encuentros culturales poéticos, fueron los primeros que se llevaron a cabo en la población San Joaquín, actualmente en la Guarida del Dr. Salvador se han realizado este año dos organizado por los jóvenes de la biblioteca.
Unas de las primera conquista de estos jóvenes idealistas, fue la recuperación de los espacios públicos, así que en plena dictadura ellos deciden hacer la primera feria de los DDHH frente a la sede comunitaria ubicada en simón Gonzaléz nº3625 este primer intento no fue fácil, ya que militares destruyeron el improvisado escenario, pero esto no fue dificultad para seguir adelante, la perseverancia y su compromiso social llevaron a estos muchachos a seguir entregando arte y cultura en la población San Joaquín.





















