El movimiento de Boy Scouts en la Población San Joaquín

martes, 14 de agosto de 2012

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1970
Jorge Jara

Una causa determinante del nacimiento del movimiento Scout fue la guerra anglo-bóer en Sudáfrica, durante la cual el general inglés Robert Baden-Powell puso en práctica un servicio auxiliar conformado por niños y jóvenes, quienes cumplían labores de apoyo, mensajería y observación. Esta experiencia demostró el valor de la disciplina, la responsabilidad y el espíritu de servicio en la juventud.

La historia señala que, al regresar de aquella campaña, el general decidió implementar este sistema formativo entre los jóvenes de Gran Bretaña. Así, entre 1903 y 1907, desarrolló trabajos de adaptación de los métodos de exploración, orientación en la naturaleza, vida al aire libre y ciertos conocimientos de organización y supervivencia, transformándolos en una propuesta educativa orientada a la formación integral de la juventud, basada en valores como la solidaridad, la lealtad y el compañerismo.

El interés que provocó esta iniciativa fue extraordinario: los 24 muchachos que participaron en las primeras experiencias se transformaron, en el plazo de dos años, en más de 200 mil scouts, organizados en patrullas y grupos a lo largo de Inglaterra. De este modo, en enero de 1908 se declara formalmente fundada la organización Scout, dando inicio a un movimiento juvenil que pronto se expandiría por el mundo.

Chile se convirtió en el primer país de América Latina y el segundo en el mundo en organizar grupos de jóvenes exploradores. Su fundación se remonta al 21 de mayo de 1909 en el Puente del Morro, bajo la inspiración directa de Robert Baden-Powell. El primer director de la institución en Chile fue el doctor Alcibíades Vicencio, quien, junto a un grupo de entusiastas jóvenes, organizó las primeras brigadas scouts del país.

Esta realidad se concretó luego de que Baden-Powell dictara una charla en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, el 26 de marzo de 1909, instancia que motivó la creación de la Primera Brigada N.º 1 de Scouts en Chile. Desde entonces, el movimiento scout chileno se ha desarrollado como una propuesta educativa orientada a la formación de ciudadanos responsables, comprometidos con su comunidad, respetuosos de la naturaleza y guiados por principios de servicio, fraternidad y paz.


Con el paso de los años, el escultismo se expandió a todo el territorio nacional, integrando a miles de niños, niñas y jóvenes en actividades de campamento, aprendizaje práctico y vida comunitaria. Su influencia ha contribuido significativamente a la formación valórica de generaciones, consolidándose como uno de los movimientos juveniles más importantes y perdurables del mundo contemporáneo.

El escultismo en la población San Joaquín tuvo su origen en la década de 1970, bajo la Federación de Scouts Católicos, donde se promovían valores fundamentales en niños y jóvenes, enseñándoles a proteger el medio ambiente, proyectarse metas para el futuro, fortalecer su desarrollo físico mediante ejercicios y excursiones, y cultivar una sana disciplina basada en el honor, la solidaridad y la paz. Esta formación no solo buscaba el aprendizaje práctico de la vida al aire libre, sino también la construcción de una conciencia social y comunitaria en tiempos complejos para el país.

Uno de los primeros forjadores del escultismo en la población San Joaquín fue el señor Jorge Jara, quien hizo de esta práctica una verdadera filosofía de vida para muchos niños y niñas del sector, incentivando el compañerismo, la responsabilidad y el respeto mutuo. Su labor se desarrolló con esfuerzo y convicción, convirtiéndose en un referente formativo para varias generaciones que encontraron en el movimiento scout un espacio de crecimiento personal y colectivo.

Cabe resaltar que uno de los primeros campamentos se realizó en 1976, en el Cajón del Maipo y la Quebrada de Macul. Hasta ese lugar precordillerano llegó un grupo de jóvenes guiados por el señor Jara, quienes pusieron en práctica los conocimientos adquiridos durante su proceso de formación como exploradores. En aquellos años, la infraestructura para el escultismo era bastante rudimentaria y de alto costo económico; por ello, muchos adolescentes improvisaban sacos de dormir uniendo frazadas que luego cosían, mientras que las carpas eran de lona tipo militar, pesadas y difíciles de armar. Las mochilas consistían en bolsos de lona suspendidos en la espalda y el “turco” (sujetador del pañolín) solía ser de hueso redondo, elemento sencillo pero cargado de simbolismo dentro de la tradición scout.

En octubre de 1976, más de 5.000 niños se dieron cita en la Quebrada de Macul, constituyendo el primer Jamboree realizado en el país con carácter nacional e internacional. El entonces presidente de Bolivia, Hugo Banzer, determinó el envío de 150 jóvenes bolivianos, trasladados en aviones de la Fuerza Aérea de Chile bajo la supervisión del comandante Gustavo Leigh. De igual forma, participaron 150 niños provenientes de Magallanes y 32 scouts de Isla de Pascua, mientras que los grupos desde Puerto Montt fueron trasladados por Ferrocarriles del Estado.

Dentro del perímetro del campamento se instalaron cerca de 1.800 carpas, además de una radio emisora con alcance de dos kilómetros y un sistema de amplificación que marcaba las actividades diarias. Este mega campamento, que reunió a un total de 408 grupos, contó con el apoyo de la Municipalidad de Ñuñoa y la Universidad Católica de Chile. En cuanto a donaciones, la industria Zalaquett entregó 5.000 insignias, mientras que INSA obsequió una cantidad no determinada de uniformes completos a los scouts más destacados, gesto que permitió fortalecer el sentido de pertenencia y reconocimiento dentro del movimiento.

Posteriormente, el 22 de febrero de 1983 se conformó otro clan scout en la población San Joaquín, dando origen al Grupo Scouts Peulla, palabra en mapudungun que significa “Brotes Nuevos”. Esta organización nació bajo el alero de la Parroquia San Mateo, con la participación de grupos prejuveniles, catequesis y el Moani. Sus integrantes se vincularon con un grupo scout de Montecarmelo, quienes les entregaron las herramientas necesarias para su formación. Entre sus fundadores destacan la señora María Isabel González (“Belu”) y Rodrigo Zamora, manteniéndose vigente una organización que con los años consolidó una profunda presencia comunitaria.

En sus inicios, las actividades se realizaban en las calles de la población; posteriormente, el grupo utilizó la Junta de Vecinos Nº 4 y la capilla San Mateo como espacios de encuentro. Allí se reunía un gran número de niños y niñas frente a la casa parroquial, participando en juegos, cantos y dinámicas formativas. Los grupos se dividían en golondrinas, lobatos, guías, rutas y tropa, siguiendo la estructura tradicional del movimiento scout y permitiendo un desarrollo acorde a cada etapa de crecimiento.

Una de las actividades más significativas era el fogón, momento simbólico en el que todos se reunían en torno al fuego formando un círculo. Mientras se entonaban canciones suaves, uno de los dirigentes relataba la historia del fuego y compartía un cuento sencillo que siempre dejaba una enseñanza valórica, reforzando la fraternidad, la reflexión y el sentido de comunidad.

El grupo Peulla,  todos los años ha realizado innumerables campamentos a lo largo de la zona sur de Chile, sostenidos principalmente gracias a la autogestión y el compromiso de las familias. El último gran campamento registrado, en 2012, se desarrolló durante 14 días en Valdivia, experiencia que fortaleció la convivencia, la autonomía y el amor por la naturaleza en sus participantes.

Hasta la actualidad, el Grupo Scouts Peulla continúa vigente, formando niños y jóvenes con valores y principios que hacen del escultismo una práctica cotidiana de vida en la población. Su historia refleja perseverancia, identidad comunitaria y compromiso con la formación integral de nuevas generaciones, manteniendo viva una tradición que ha trascendido décadas y que sigue aportando al tejido social de San Joaquín.

Toda la información y fotografías queda a libre disposición, siempre que se mencione su fuente.

 






Señor enséñanos a ser generosos
a servirte como te lo mereces
a dar sin medidas
a combatir sin miedo a quienes nos hieran
a trabajar sin descanso
y a no buscar otra recompensa
que saber que hacemos en tu voluntad


Fuentes:
Leopoldo Sarmiento
Rodrigo Zamora
Fotografías personales
Diarios de la época
Fotos Web
Macarena Vinnett 
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Personajes Populares de la Población San Joaquín

sábado, 11 de agosto de 2012

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Juan Miranda : él Mariachi 

Desde tiempos de la colonia, los personajes típicos han sido parte de la historia popular de una ciudad, comuna o población. Ya en pleno siglo XIX encontrábamos a los aguateros, quienes se encargaban de repartir este vital elemento en barriles a las familias más acaudaladas de la época, pues en aquellos años aún no existían redes de alcantarillado ni cloacas en Santiago. Cabe destacar que recién hacia el año 1900 comienza la construcción de alcantarillas en la ciudad.

Otros personajes populares fueron los lecheros, heladeros, dulceros, organilleros y vendedores de mote con huesillos, por mencionar algunos. Sin embargo, dentro de esta diversidad, existen también aquellos personajes que, sin un oficio determinado, pasan a ser celebridades populares dentro de un sector geográfico específico. Así encontramos en la población San Joaquín, desde sus comienzos, a diversas figuras que quedaron grabadas en la memoria colectiva.

Uno de ellos fue “el Viejo de las castañuelas”, quien durante la década de 1960 causaba estragos entre los niños. La particularidad de este ciudadano era que recorría la población tocando con sus dedos unos pedazos de pizarreño que imitaban el sonido de castañuelas pequeño instrumento de percusión de madera, original de España. Para muchos niños de entonces era el terror mismo, pues los padres lo utilizaban como figura para atemorizar ante alguna travesura. También se recurría al famoso personaje del folclor infantil hispano, “el viejo del saco”, que supuestamente se llevaba a los niños desobedientes que andaban solos por las calles. Con el paso del tiempo fueron apareciendo innumerables personajes que vivieron y algunos aún viven en la población. Entre ellos destacan:

El abriguito: vivía en un departamento de la calle Virginio Arias. Era un hombre de estatura mediana que siempre usaba un largo abrigo de lana, sin importar la temporada. Se decía que había sido profesor por su buen hablar y sus amplios conocimientos de historia. El alcohol lo llevó finalmente a la indigencia; la Parroquia San Mateo lo acogió por un tiempo, pero decidió volver a la calle hasta el final de sus días.

Canales: recordado por los vecinos como una persona muy solidaria. En fechas cercanas a la Navidad solía fabricar luces de colores utilizando tubos fluorescentes, iluminando de manera artesanal los pasajes del sector.

El paco Núñez: exuniformado de Carabineros que cayó en el alcoholismo y deambulaba por las calles de San Joaquín. Era conocido por una particular y extravagante apuesta que consistía en lanzar quince flatulencias en un breve lapso de tiempo, situación que provocaba risas y asombro entre quienes lo rodeaban.

La campana de fundo: apodo dado a una vecina del sector Armando Lira, recordada por su voluptuosa figura, que la convirtió en personaje comentado dentro del barrio.

La picotón: vecina que solía pedir vino diciendo simplemente: “deme un picotón”, expresión que terminó transformándose en su sobrenombre.

El Ardilla: según algunos, fue un hombre de buena posición económica, pero el consumo de drogas deterioró su salud mental. Aún hoy se le puede ver deambular por las calles de la población, convertido en una figura silenciosa del paisaje cotidiano.

El bombero: desde muy joven recorría la población imitando con su voz la sirena de un carro bomba. Cuando ocurría una emergencia o incendio, era el primero en llegar, con una toalla al cuello simulando su uniforme. Los bomberos verdaderos admiraban su entusiasmo, pese a su condición mental. Como gesto de cariño, le regalaron un casco que llevaba siempre puesto mientras caminaba por las entonces polvorientas calles de San Joaquín.

El mono loco: personaje de la década de 1980, presente en cuanto evento cultural o ensayo musical se realizaría  en el barrio. Era divertido, osado y sin límites cuando se encontraba bajo los efectos de estupefacientes, desplegando una imaginación y creatividad que lo hacían inolvidable para quienes compartieron con él.

 

El Mariachi

Dentro de estos personajes populares existe uno que, con más de seis décadas de vida, aún recorre las calles y plazas de la población San Joaquín: el inigualable “Mariachi”. Cuando está ebrio suele exclamar con voz potente:
“¡Soy el último de los Miranda!”, seguido de una contagiosa carcajada.

El Mariachi, cuyo nombre es Juan Filomeno Miranda Garrido, nació el 23 de junio de 1946 en Santiago, hijo de Marta Rebeca Garrido. Llegó a la población junto a su familia cuando tenía apenas diez años, procedente de la población Nueva Matucana. Su apodo proviene de su profunda afición por la música mexicana, sobrenombre que le otorgó un antiguo vecino.

Ingresó a la Escuela Mixta Nº 30, donde uno de sus profesores, Sergio Montecinos, le enseñó las primeras letras y despertó en él el gusto por la lectura, afición que conserva hasta hoy. Desde niño fue inquieto y travieso; solía molestar a las niñas llamadas María gritándoles “¡María guata fría!”, lo que le valió reiteradas suspensiones escolares.

La familia Miranda fue pionera en la gasfitería dentro de la población, conocida popularmente como “los guarenes”. A los doce años, Juan ya trabajaba junto a su padre desengrasando lavaplatos de concreto adheridos al suelo, en una época en que la grasa se acumulaba fácilmente en las cañerías.

Su primera gran pena de amor ocurrió a los quince años, cuando la joven de la que estaba enamorado (vecina de la calle Armando Lira)  contrajo matrimonio. Desesperado, quebró los vidrios de su propia casa, motivo por el cual recibió un severo castigo familiar.

A los dieciocho años se casó con Isabel Flores, con quien formó familia, aunque con el tiempo la relación terminó en separación definitiva. Una de sus características menos amables es que, bajo los efectos del alcohol, puede mostrarse grosero con quienes no son de su agrado; sin embargo, con sus cercanos mantiene respeto y afecto.

Hoy, el Mariachi continúa siendo uno de los personajes más reconocidos de la población San Joaquín, caminando entre calles y plazas mientras proclama su célebre frase:
“Soy el Mariachi, el último de los Miranda”.Estos personajes, lejos de ser simples anécdotas, forman parte del patrimonio inmaterial de la población San Joaquín. Representan una época, una forma de convivencia barrial y una memoria compartida construida entre pasajes, juegos infantiles, fiestas comunitarias y dificultades sociales.

Recordarlos es también reconocer la historia cotidiana de quienes, sin ocupar páginas en los libros oficiales, dieron identidad y humanidad al territorio. En sus gestos, apodos, oficios y locuras se guarda la esencia de un barrio que ha resistido el paso del tiempo gracias a la memoria de su gente.

Toda la información y fotografías queda a libre disposición, siempre que se mencione su fuente.”

 


Fuente: Juan Miranda Garrido
Foto: Gaby Sarmiento
Macarena Vinnett



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