En 1972 cuando él Presidente Salvador Allende, recorría tres
continente y hablaba ante las Naciones Unidas de cómo la experiencia socialista
chilena era única en el mundo y un ejemplo para los países latinoamericanos, en
ese entonces nada hacía predecir que al año siguiente un 11 de septiembre de
1973 iba acontecer un hecho que enlutaría al pueblo chileno por más de 17 años.
La tortura, las desapariciones, el exilio, los fusilamientos, los asesinatos y
la cárcel fue la respuesta de la traición de las Fuerzas Armadas chilenas,
propiciado por la que se autodenominó Junta Militar de Gobierno.
A partir de
ese momento se instauró un período de represión sistemática que buscó silenciar
toda forma de organización social, política y cultural que hubiese florecido en
los años anteriores. Miles de familias fueron separadas, muchas comunidades
quedaron marcadas por el miedo y el dolor, y la vida cotidiana se transformó
profundamente bajo el control militar y la censura. Sin embargo, pese a la
persecución y al terror impuesto, comenzaron también a surgir diversas formas
de resistencia y solidaridad, tanto en el interior del país como en el exilio,
donde hombres y mujeres mantuvieron viva la memoria, la denuncia de las
violaciones a los derechos humanos y la esperanza de recuperar la democracia y
la justicia para el pueblo chileno.
En barrios,
poblaciones, parroquias, organizaciones de derechos humanos y espacios
culturales clandestinos, se fue tejiendo lentamente una red de apoyo y dignidad
que permitió sostener la vida en medio de la adversidad. La memoria de quienes
ya no estaban y la convicción de construir un futuro distinto se transformaron
en una fuerza colectiva que atravesó generaciones, dejando una huella profunda
en la historia social y política de Chile.
Aquél martes 11 de septiembre de 1973, a las 08:00 am las emisoras radiales irrumpían con sones marciales dando a conocer el primer bando de la recién constituida "Junta de Gobierno" que decía lo siguiente:
“Teniendo presente: que el gobierno de Allende ha incurrido en graves ilegitimidad demostrada al quebrantar los derechos fundamentales de libertad de expresión, libertad de enseñanza, derecho de huelga, derecho de petición, derecho de propiedad y derecho en general a una digna y segura subsistencia...Que el mismo gobierno ha quebrantado a la unidad nacional, fomentando artificialmente una lucha de clase, estéril, y en muchos casos cruenta, perdiendo el valioso aporte que todo chileno podría hacer en búsqueda del bien de la Patria, y llevando a una lucha fratricida y ciega, tras ideas extrañas a nuestra idiosincrasia, falsa y probadamente fracasadas…”
Después de escuchar el fatídico mensaje por las radios intervenidas, el segundo bando notificaba lo siguiente:
“El depuesto presidente de la república debe proceder a la inmediata entrega de su cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros. El Palacio de La Moneda deberá ser evacuado antes de las 11 horas, de lo contrario será atacado por las Fuerzas Aéreas de Chile, posteriormente arrojaron 36 cohetes en 9 pasadas.”
A medida que avanzaban las horas de aquella mañana, la incertidumbre y el temor comenzaron a extenderse por las calles de Santiago y de todo el país. El sonido de los aviones sobrevolando el centro de la ciudad, el despliegue militar en puntos estratégicos y la interrupción de las comunicaciones fueron señales inequívocas de que Chile ingresaba en uno de los períodos más oscuros de su historia. Las familias permanecían en sus hogares, escuchando en silencio las escasas transmisiones radiales permitidas, intentando comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Mientras tanto, en el Palacio de La Moneda, el presidente Salvador Allende junto a sus más cercanos colaboradores resistía las presiones para rendirse, reafirmando su compromiso con el mandato popular que le había sido conferido. Su último mensaje, transmitido por Radio Magallanes, quedaría grabado en la memoria colectiva como un testimonio de dignidad y consecuencia política frente a la fuerza de las armas.
Con el paso de las horas, el bombardeo al palacio presidencial marcó un punto de quiebre definitivo. El humo elevándose sobre el centro de Santiago simbolizaba no solo la destrucción material de la sede de gobierno, sino también el abrupto fin de un proceso político y social que había despertado profundas esperanzas en amplios sectores del pueblo chileno.
Desde ese momento, el país entraría en un largo período de represión, persecución política y silenciamiento de las organizaciones sociales, sindicales y culturales. Miles de personas serían detenidas, ejecutadas, hechas desaparecer o forzadas al exilio, dejando una herida profunda en la historia y en la memoria de Chile que perdura hasta nuestros días.
Eran poco menos de las diez de la mañana y ya habían sido silenciadas las emisoras Portales y Corporación; solo quedaba Radio Magallanes al aire. Sin embargo, aun siendo amenazada de ser bombardeada, se mantuvo difundiendo las últimas palabras del compañero Presidente:
Seguramente esta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede rendirse.
Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
¿Qué pasó en la población San Joaquín?
En las calles
se observaba inquietud. Muchas mujeres salían a buscar a sus hijos y alimentos; en cambio, otras comentaban en las
afueras de sus casas lo que estaba aconteciendo y, con impaciencia, esperaban
la llegada de sus maridos, ya que la locomoción colectiva era escasa.
Un vecino de
la calle 1 Oriente salió vociferando: “Cayó
Allende, Allende cayó”. En contraste, otros pobladores izaban la
bandera chilena, festejando la caída del gobierno de la Unidad Popular (cabe
resaltar que un número no determinado de habitantes de la población San Joaquín
estaba ligado a las Fuerzas Armadas).
Ante esta
realidad, hubo un atentado al interior de la población: la garita ubicada en la
calle Mariquina fue incendiada por desconocidos. Sin embargo, un grupo de
jóvenes de diferentes núcleos socialistas se dirigió hacia la Escuela 30,
irrumpiendo y tomándola para coordinar y aglutinar a quienes defendían al
gobierno democrático.
Desde ese
lugar se planificó el accionar en defensa de la población. Cabe resaltar que
los muchachos observaron desde las torres de agua de la escuela cómo los
aviones de la FACH bombardeaban La Moneda.
Mientras los
jóvenes se mantenían parapetados en el colegio, llegó un teniente de
Carabineros de apellido Torres (leal al presidente), quien los conminó a
retirarse a sus casas por su seguridad, ya que ellos tenían el mandato de
apresar y matar a todo aquel que desobedeciera las órdenes impuestas. Sin
embargo, estos no hicieron caso. Media hora después, nuevamente volvió otra
patrulla de Carabineros al establecimiento, pero esta vez con otra disposición.
En ese
momento, Jorge Aravena se encontraba en su casa y fue avisado de que
Carabineros amenazaba con disparar. Él salió corriendo desde su domicilio y le
hizo frente a la patrulla. Es ahí donde se produjo el primer enfrentamiento;
ante esta respuesta, Carabineros se replegó y huyó del lugar.
Posteriormente,
el grupo de muchachos desalojó la Escuela 30 y, de cierto modo, se acordó
juntarse en la calle Mariquina con Pedro Luna para organizar los cortes de
calles en avenida Carlos Valdovinos con Bascuñán, además de las entradas
principales a la población, para luego reagruparse por la tarde en la calle
Marinero Caro (actualmente 2 de Abril).
El grupo iba
comandado por Jorge Aravena, quien instó a defender la población con armas,
bombas molotov y granadas. Un hecho curioso ocurrió en ese instante: por la
calle Dos de Abril transitaba un camión recolector de basura de San Miguel. Los
jóvenes lo detuvieron con el objetivo de usarlo como autodefensa. Bajó el
conductor, quien les dijo: “Muchachos,
ya está todo perdido, no hay ninguna posibilidad”. Entonces el
chofer sacó de debajo del asiento un fusil AK-47 con su cargador lleno,
entregándolo a los jóvenes combatientes.
Cerca de las
ocho de la noche comenzó la persecución en la población. Los helicópteros
enfocaban los sectores conflictivos. Posteriormente, una patrulla de militares
movilizada en un jeep perteneciente a la Fuerza Aérea realizó varias rondas y
atacó por tierra. Ante esto, Jorge Aravena hizo frente en la línea de fuego con
disparos y granadas. Fue herido en un talón del pie y corrió hacia el interior
de la población La Victoria para refugiarse. Cayó malherido, se acomodó dándose
vuelta y volvió a hacer frente hasta agotar su munición.
Acto seguido,
los soldados se acercaron y lo acribillaron a mansalva, dándole tres disparos
mortales: uno en el pecho, otro en el cuello y otro en la pierna, dejando el
cuerpo tirado. Posteriormente, la patrulla se retiró y fueron sus propios
compañeros quienes retiraron el cuerpo, llevándolo a una casa cercana donde
funcionaba una carnicería. Permanecieron con él hasta el amanecer del 12 de
septiembre.
En los
funerales de Jorge Aravena se realizó un sencillo homenaje para darle su último
adiós, y posteriormente fue trasladado hasta el Cementerio General, acompañado
solo por dos familiares, quienes sacaron un pañuelo blanco, ya que el régimen
militar así lo había ordenado.
Cabe resaltar
que estos jóvenes idealistas, inspirados en la Revolución Cubana y fortalecidos
con el gobierno de la Unidad Popular, eran quienes coordinaban las actividades
políticas al interior de la población San Joaquín, conformando diferentes
núcleos socialistas llamados: José Martí, Manuel Rodríguez, Ho-Chi-Minh y
Kim-Il-Sung.
Después del
11 de septiembre, la represión fue bastante dura al interior de la población.
La delación por parte de algunos vecinos pertenecientes a las Fuerzas Armadas
llevó a que muchos pobladores debieran abandonar su lugar de origen y otros se
fueran al exilio. En cambio, dos pobladores fueron detenidos desaparecidos,
como es el caso de Víctor Díaz López y Rodolfo González Pérez.
En cuanto a
los jóvenes pertenecientes a estos núcleos, fueron emboscados por una patrulla
militar el 26 de noviembre de 1973, cuando se prestaban a ingresar a la
embajada de Finlandia.
Los cinco
militantes socialistas fueron acribillados, con signos de haber sido
torturados. La autopsia determinó que fallecieron a raíz de múltiples impactos
de bala ocasionados por armamento de grueso calibre.
Nació en el año 1959. Casado con Selesina Caro, padre de tres hijos, obrero gráfico, exdirigente de la Central Única de Trabajadores y subsecretario general del Partido Comunista, fue un dirigente que se caracterizó por su constante preocupación por los derechos de los trabajadores.
Después del golpe de Estado asumió como subsecretario del Partido Comunista en la clandestinidad, siendo detenido en la madrugada del 12 de mayo de 1976 por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Fue detenido tras una incansable búsqueda y persecución en su contra, iniciada desde el mismo 11 de septiembre.
El 26 de junio de 1977 se presentó un recurso de amparo en favor de Víctor Díaz López, interpuesto por el Cardenal Primado de Francia y Arzobispo de París; por el Arzobispo de Reims; por el Secretario General del Partido Socialista Francés y senador de la República de Francia, François Mitterrand; por el presidente de la Universidad de París; por el presidente de la Universidad de La Sorbona, y patrocinado por el presidente de la Orden de Abogados de Francia, Luis Pettitit. Este recurso no fue acogido por la Corte de Apelaciones de Santiago.
A pesar de las peticiones formalizadas en los distintos recursos de amparo en su favor, el tribunal jamás se constituyó en el lugar donde se produjo su detención, como tampoco en Villa Grimaldi, donde permaneció recluido en poder de la DINA.
Víctor Manuel Díaz López tenía 56 años al momento de su detención. Hasta el día de hoy es un detenido desaparecido.
Actualmente, en la población hay una plaza que lleva su nombre, y es recordado cada año por familiares, vecinos y militantes comunistas que aún exigen justicia.
Nació en 1954. Soltero, vivía con su tía María González en la calle Valenzuela Llanos, de la población San Joaquín. Ingresó a cumplir con su servicio militar obligatorio el 2 de abril de 1973; el golpe de Estado lo sorprendió como conscripto de la Fuerza Aérea de Chile.
Rodolfo fue amigo de la mayoría de los militantes socialistas de la población, puesto que su hermano mayor militaba en uno de sus núcleos. Quizás esta experiencia afectiva le hizo asumir una conducta muy especial hacia los detenidos políticos que le correspondió vigilar, como fue el caso de Osvaldo Puccio y Tito Palestro cuando estuvieron detenidos en el Hospital Militar. Cabe resaltar que otros detenidos también supieron de la humanidad de Rodolfo.
Esta situación no duró demasiado tiempo: fue detenido el 23 de julio de 1974, encerrado y torturado en Villa Grimaldi. El 19 de noviembre de 1974 se presentó ante el 4.º Juzgado del Crimen de San Miguel una denuncia por supuesta desgracia, y el 17 de septiembre de 1975 la causa fue sobreseída.
Juan ingresó al Partido Socialista y, en corto tiempo, asumió una responsabilidad política: llegó a ser secretario político del núcleo José Martí, uno de los cuatro núcleos que la Juventud Socialista organizó en la población San Joaquín, y que reunía a más de un centenar de jóvenes del sector. Pese a sus escasos 16 años, a comienzos de 1973 Juan Domingo integraba la Secretaría de Organizaciones del Regional de San Miguel y presidía la Comisión Constituyente del Comité Seccional La Feria de la Juventud Socialista de Chile.
El 11 de septiembre de 1973, en compañía de sus amigos de infancia y compañeros, participó activamente contra los militares golpistas que llegaron a la población. La activa resistencia de los socialistas desató una persecución que obligó a organizar su asilo con la ayuda del ciudadano vietnamita Que Phung Trang Huynh. El grupo, integrado por Mario Zamorano, Juan Carlos Merino, Juan Díaz López y Juan Arias, intentó refugiarse en la embajada de Finlandia, pero fue descubierto por efectivos militares. Su cuerpo, junto al de sus cuatro compañeros, apareció acribillado en la calle El Cajón Nº 3620, parcela 38 del Arrayán, Lo Barnechea.
A comienzos de octubre, Juan Jonás viajó a la
ciudad de Santiago en busca de seguridad para su vida. Mario Zamorano,
militante encargado de organizar el asilo político de los dirigentes
intermedios de la Juventud Socialista, lo acogió en una casa de seguridad en la
población San Joaquín. Posteriormente, se integró junto a Juan Arias y Carlos
Merino al grupo de compañeros que ingresaría a la embajada de Finlandia.
Asesinado el 27 de noviembre de 1973
Nació en 1954 y vivía en la calle Simón González de la población San Joaquín. Cursó su enseñanza media en el Liceo Francés de Santiago y, al momento de su muerte, esperaba ingresar a la Universidad de Concepción para estudiar Historia.
A fines de los años 1960, Juan y sus amigos de infancia del sector, influenciados por la simpatía que generaba el proceso de la Revolución Cubana y la lucha antiimperialista del pueblo vietnamita, comenzaron a acercarse a posiciones políticas de izquierda. Juan Carlos ingresó a las Juventudes del Partido Socialista, llegando a ser secretario político del núcleo Kim Il Sung, uno de los cuatro núcleos que la Juventud tenía en la población, el cual reunía a un centenar de jóvenes. Estuvo a cargo de organizar a todos los núcleos socialistas de la población.
El 11 de septiembre de 1973, Juan Carlos, en compañía de sus compañeros, participó activamente en el combate contra los militares que llegaron a la población. Su participación en la resistencia al golpe obligó a planificar su salida del país.
Juan Carlos Merino Figueroa corrió la misma suerte que sus compañeros: fue torturado y acribillado por militares en noviembre de 1973.
Nació en 1940 en la ciudad de Vivaldi, Vietnam. Hijo del general del ejército vietnamita Van Bien Tran.
En pleno desarrollo de la guerra de Vietnam, Que Phung viajó a Francia y Estados Unidos para realizar una campaña antibélica contra la invasión norteamericana que sufría su país.
En 1971, el presidente Salvador Allende lo invitó a Chile para trabajar y compartir sus conocimientos en bioquímica, ya que era bioquímico y experto en medicina nuclear. Jorge Aravena Mardones lo integra a Chile, buscándole domicilio y trabajo en el Hospital José Joaquín Aguirre. En este hospital santiaguino, se dedicó a investigar el efecto de los lípidos y proteínas en la sangre e inventó una máquina para realizar exámenes de sangre con diagnóstico instantáneo. Posteriormente trabajó en el Ministerio de Agricultura, en el Instituto de Desarrollo Agropecuario y en la planta de camarones de la ciudad de Coquimbo.
Después del golpe de Estado en 1973, el 14 de noviembre del mismo año, contrajo matrimonio con la chilena Olga del Carmen Aliaga Lavín. Durante los meses de septiembre, octubre y noviembre, Que Phung Tran Huynh asumió la responsabilidad de ayudar a los perseguidos a asilarse en la embajada de Finlandia; así organizó el asilo de Juan Arias, Juan Carlos Merino, Juan Díaz y Mario Zamora.
El 26 de noviembre de 1973, mientras Que Phung los conducía en dirección a la embajada, el grupo fue detenido por una patrulla militar. Fueron trasladados a un recinto militar y, en la noche del 26 y la madrugada del 27 de noviembre, fueron asesinados en la parcela 38 de la calle El Cajón, en El Arrayán.
Los militantes Socialistas, fueron torturados y estando moribundo los trasladaron hasta la parcela 38 calle el Cajón Nº 3620 donde los asesinaron.
realizado por Radio Primero de Mayo











